Palos de ciego, mal camino

Los palos de ciego no suelen ser estrategias afortunadas para afrontar momentos de crisis. Este Gobierno parece aquejado por esta fiebre de dudosa utilidad a juzgar por algunos de sus últimos pasos. La persistencia en las malas cifras de evolución de la pandemia está generando indudablemente un elevado grado de preocupación y de impotencia.

La medida anunciada este fin de semana, aprobada este domingo, para suspender amplios segmentos de la actividad económica, a veces con perfiles poco definidos  porque hay muchas lagunas en la improvisada legislación que apunta a quienes deben y a quienes no pueden trabajar en las actuales circunstancias, parece poco meditada y carente de un análisis de costes y beneficios, tan necesarios cuando desde el poder se adoptan medidas destinadas a corregir problemas de amplio  alcance.

El terreno en el que se adentra esta nueva iniciativa gubernamental es delicado y de alto riesgo, ya que frenar la actividad en amplios sectores de la economía productiva  puede tener importantes efectos contraproducentes en la medida en que resulta dudosa la utilidad de una paralización que en principio no parece que esté muy directamente relacionada con la extensión de la pandemia (al menos, no más relacionada que otras actividades que se mantendrán en activo) y que además afrontará dificultades adicionales a la hora de su reanudación.

Si resulta en cierta medida poco útil la congelación ampliada de las actividades económicas, el hecho de que sea una medida de tan escasa duración temporal puede  acentuar su escasa eficacia. Además, esta congelación de la actividad puede incluso provocar un agravamiento de la propia expansión de la pandemia, ya que la cadena de suministros podría verse afectada de forma negativa.

Las medidas que ha ido adoptando el Gobierno en estas últimas semanas han sido por lo general tardías. La que ahora acaba de poner en marcha llega  en todo caso a destiempo. Habría resultado posiblemente más eficaz en la primera semana del mes de marzo pero se ha dejado para cuando la contundencia de las cifras de fallecidos e infectados, así como el desbordamiento de algunas instalaciones sanitarias,  han alcanzado niveles de alarma pública, si bien justo en estos momentos parece que la tendencia alcista de los afectados empieza a llegar a zona de máximos.

El Gobierno no ha estado acertado en  muchos aspectos de su gestión. Por ejemplo, la tremenda tardanza  a la hora de poner medios sanitarios a disposición de afectados y sobre todo los medios destinados  a proteger al personal sanitario, el que se enfrenta en la primera línea a la enfermedad y que por lo tanto es el más expuesto al contagio, son deficiencias muy difíciles de explicar. Habrá que dedicar algún tiempo, pasada esta etapa de lucha directa contra la enfermedad, a realizar un  balance crítico de los fallos en el acopio de material, cuando existen recursos más que suficientes para haber adquirido en su momento (no ahora, que ya es tarde) estos materiales en cantidad suficiente para proteger a la población y a los profesionales del sector.

No se entiende muy bien como un país que cuenta con uno de los sectores industriales más avanzados del mundo no ha podido movilizar a algunas de sus principales empresas para abordar la fabricación masiva de mascarillas, guantes, productos desinfectantes y otros  materiales que no requieren una tecnología especializada que no pueda estar al alcance de cientos de empresas españolas de tamaño grande o mediano, incluso empresas pequeñas. En vez de mandar a la gente a su casa, como se hace ahora, se podría haber lanzado un amplio programa de estímulos industriales para fabricar estos productos que hemos tenido que  andar buscando, tarde y cuando ya estaban agotados, en los mercados internacionales.