Pedir ayuda a la UE, única salida posible

Una de las instituciones que en la actual crisis sanitaria y económica va a experimentar mayor convulsión en sus cimientos es la Unión Europea. Ya en la anterior crisis económica, iniciada en el año 2008, sus  fundamentos se tambalearon con estruendo, aunque el balance de las actuaciones no ha sido tan negativo como habría podido esperarse.

Eso sí, la salida de la crisis ha ofrecido  balances muy dispares según los países que integran la Unión Europea, lo que a la postre constituye un cierto fracaso, ya que los momentos de adversidad vividos entre los años 2008 y 2013 no sirvieron precisamente para fortalecer al colectivo sino para evidenciar sus flaquezas.

Y una de ellas es la disolución de los mecanismos comunes. La pasada crisis no ha servido para fortalecer a la economía europea en su conjunto.  Los buenos propósitos de impulsar las políticas comunes se diluyeron y han quedado reducidos a un puñado de buenas intenciones que, a la postre, son ahora mismo el punto de partida para intentar de nuevo el reforzamiento de la unidad. Precisamente el hecho de que no se hayan desarrollado las políticas unitarias,  las que vertebrarían un auténtico mercado común, es ahora el mayor límite que tiene la UE para afrontar la nueva crisis.

Un ejemplo  desgraciadamente próximo, el de nuestro propio país, sirve bien para ilustrar la importancia del tiempo perdido.  España tenía una Deuda Pública equivalente menos del 40% del PIB cuando se desató la anterior crisis. Con ese nivel de deuda, el país podía hacer muchas cosas si  no hubiera malgastado el dinero en estos últimos años, aunque no ha sido precisamente un despilfarro lo que vino después.

Simplemente se gastó mucho más de lo que se debería haber gastado y ahora estamos en torno al 98% del PIB, tras haber superado el 104% en algunos momentos. Con esta deuda, España tiene  ahora muy escaso margen de maniobra para afrontar políticas de gasto que permitirían implementar una política agresiva de compensación financiera, gastando lo necesario para mantener en pié la actividad económica.

Por desgracia, no hay margen para ello y la única política que nos queda, como estamos viendo, es  afrontar la situación desde una posición de penuria y pidiendo ayuda a nuestros socios poderosos del norte de Europa. Italia está en una situación peor que la nuestra, ya que  su deuda pública es desde hace años superior a la española. Ambos países se han quedado en la posición de parientes pobres de la UE y se ven ahora abocados a pedir financiación adicional  para poder no solo hacer frente a los gastos excepcionales de la crisis sanitaria sino a allegar los recursos financieros necesarios para que las empresas no se hundan y el nivel de desempleo no se dispare.

Si en los momentos  favorables, como estos últimos cuatro años en los cuales España ha crecido bastante por encima del conjunto de la UE, se hubiera aprovechado la circunstancia para reducir la Deuda Pública y mejorar nuestra valoración crediticia, el país estaría en condiciones mucho mejores para  afrontar la doble tarea de gastar recursos con los que conjurar la pandemia y compensar las recaídas empresariales y de empleo. Lejos de tal situación, ahora el Gobierno se tiene que limitar casi como única política posible a  pedir la ayuda financiera de nuestros socios europeos. Una posición ciertamente débil desde el punto de vista político y que tampoco garantiza la solución de nuestros problemas.