Tres vicepresidentas, tres

Pedro Sánchez ha puesto muy alto el listón de su apuesta feminista y se va a despachar nada menos que con tres vicepresidentas en su nuevo Gobierno para que Pablo Iglesias no le quite el sueño. Con tan abrumadora superioridad de mujeres, el Gobierno español se pone en lo más alto de la clasificación mundial en lo que atañe a igualdad de género.

Hay una ministra, ahora vicepresidenta, en la que se va a poner la vista de forma especial, Nadia Calviño. No procede de la nomenclatura política, como muchas de las altas dirigentes de la nueva Administración, a las que apenas se les conoce otro oficio que el de “militante de” Calviño ha hecho una notable carrera en la alta Administración europea, en donde ha progresado hasta las cercanías de la cúspide mientras en España había Gobiernos de distinto signo y poco han debido ayudarla a la hora de escalar puestos y categorías y de asumir responsabilidades reservadas a la gente de primera fila. Ha tenido un indudable acierto Sánchez al echarle el lazo cuando formó su primer Gobierno hace año y medio.

Calviño ha sumado más poder de cara a la nueva etapa del nuevo Gobierno de Sánchez, no sólo porque mantendrá el control de la muy poderosa Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos, desde donde se controlan todas las ramas del prolífico árbol económico, lo que a la postre implica el control del dinero público hasta el último euro. Además se la suma ahora el control de la gestión de la gran transformación digital que debe afrontar la economía y la sociedad españolas.

Pero el cometido esencial de la nueva vicepresidenta reside sobre todo en el aval que representa de cara al mundo económico como baluarte de la gestión ortodoxa de la economía. Su encumbramiento ha servido a Sánchez para una doble función, convencer a Bruselas y a la Comisión Europea de la seriedad en el manejo de la economía española (sobre todo en lo que atañe a la gestión del déficit público y la rebaja del endeudamiento) y, en segundo término, ofrecer al mundo económico y empresarial una imagen de seriedad, ciertamente alejada del populismo y de la demagogia tan al uso entre algunos de los partidos y grupos que han ayudado a Sánchez a llegar al poder y a ejercerlo se supone que con eficacia y escasez de disparates.

Ha sido, la de Pedro Sánchez, una estrategia hábil que podría darle buenos resultados en unos momentos en los que el país se enfrenta a importantes conflictos y desafíos, además de una situación de debilidad creciente en la gestión económica. Pero será, al mismo tiempo, un instrumento de alto riesgo si el manejo de la economía bajo la batuta de Calviño genera desesperanza y frustración en relación con algunas de las promesas que con tanto énfasis han venido lanzando a los cuatro vientos los principales arquitectos de la nueva etapa política que se inicia esta semana.