La población, un problema en el horizonte

Entre los numerosos problemas demográficos que tiene España, y que están saliendo a la luz cada vez con mayor insistencia, habría que mencionar como más destacados a dos de ellos: la baja tasa de natalidad y el descenso gradual de la población autóctona, aunque en realidad son una misma cosa. Las estadísticas oficiales sobre el movimiento de la población dadas a conocer este miércoles ponen de relieve cómo el año 2018 ha sido el más modesto en número de nacimientos, 372.777, la cifra más baja en 20 años, resultado de una media de nacimientos de 1,26 hijos por mujer en edad de procrear, la tasa más baja desde el año 2002.

La situación no tiene trazas de mejorar ya que en la primera mitad del año han nacido 170.074 niños, un 6,2% menos que en el primer semestre del año precedente. Cifra tan baja no se conocía desde el año 1941. Más aún, esta cifra de los seis primeros meses de este año podría haber sido más baja de no haber sido por la aportación a la natalidad española de las madres extranjeras, que alumbraron el 21,5% de los nacidos frente al 20,1% de los nacidos en el mismo periodo del pasado año. La baja natalidad del país a pesar de estos apoyos externos se tradujo el pasado año en un saldo negativo en la población, que descendió en 55.000 personas. La esperanza de vida, que juega también un papel decisivo en la evolución poblacional del país, está contribuyendo en sentido positivo a la evolución de la población, ya que el pasado año la esperanza media aumentó hasta los 82,3 años, una décima por encima del año anterior. Pero ni siquiera con ese incremento poblacional ha podido frenarse el decaimiento global de la población.

Los nacimientos son por lo tanto la base del problema. Es decir, la baja natalidad que padece el país y que se agrava año a año. Las motivaciones de esta baja natalidad han sido analizadas con frecuencia en los últimos tiempos. Las mujeres están retrasando cada año la fecundidad. Las dificultades de los jóvenes para encontrar un empleo generan un retraso en la formación de la familia con la que sueñan la mayoría de los jóvenes españoles cuando establecen una relación estable.

El momento de la emancipación se ha retrasado cada año, ya que los jóvenes tardan cada vez más tiempo en encarrilar su actividad profesional y en estabilizarse. La edad en la que las mujeres tienen en la actualidad su primer hijo ha ido retrasándose año a año y el promedio de las mujeres que alumbran por primera vez ha subido hasta los 31 años, lo que a la larga suele traducirse en una merma de número total de hijos. La integración de las mujeres en el mercado laboral está teniendo también su influencia en la natalidad ya que sus parejas masculinas no se han incorporado a las tareas domésticas, por lo que el peso de la crianza sobre la mujer es todavía muy elevado y actúa como un freno de la natalidad.

El fomento de los índices de natalidad es, por lo tanto, una tarea que requiere un cambio cultural y laboral, que por desgracia no se está produciendo con la suficiente celeridad, a pesar de que las altas tasas de inmigración que tiene España y la activa natalidad del colectivo de mujeres inmigrantes están contribuyendo a paliar el descenso poblacional del país.