España, menos peso en Europa

España se ha quedado fuera del primer proyecto europeo destinado a crear un sistema conjunto de baterías eléctricas, un paso muy importante para entrar con buen pie en la nueva etapa de fabricación automovilística que marcará el futuro del sector.

El hecho de que el primer proyecto paneuropeo destinado a disponer de un sistema europeo propio y colectivo haya dejado a un lado a España, uno de los principales fabricantes mundiales de coches, pone de relieve varias cosas al mismo tiempo y ninguna de ellas buena a primera vista. Qué duda cabe de que un proyecto de ámbito colectivo en la Unión Europea, que va a contar con 3.200 millones de euros de dinero público para implementar este objetivo colectivo, tendría que haber contado con la presencia española ya que la industria nacional cuenta con avales suficientes como para competir con los siete países que han entrado en esta primera fase.

En ese grupo se encuentran Francia, Alemania e Italia, países de notable envergadura en esta industria y con méritos indudablemente muy elevados para realizar aportaciones sustanciales. El grupo de siete países lo completan Bélgica, Polonia, Finlandia y Suecia, entre los cuales España contaría con méritos cuando menos similares o incluso superiores para optar a una plaza que nos permitiera, al país en general y a la industria automotriz en particular, participar en unos avances tecnológicos que van a marcar la avanzadilla de este sector.

Una de las consideraciones que siempre cabe hace cuando se habla del papel del sector automovilístico español en la escena internacional es el hecho de que España no cuenta con marcas propias del sector del automóvil y por lo tanto está en condiciones de menor fuerza industrial para participar en el desarrollo de las nuevas tecnologías que afectan no sólo al automóvil sino a otras actividades productivas del sector industrial. Todas las marcas que cuentan con plantas de ensamblaje en España tienen sus centros de decisión principal fuera de nuestro país, en Alemania, Francia e Italia, como principales ejemplos. Allí se encuentran localizadas las casas matrices de las fábricas españolas de coches y eso provoca una merma del peso de la industria española a escala internacional, incluso europea.

Por otro lado, y a pesar de ser una de las cuatro grandes economías de la zona euro, España sigue sin contar con el papel político que corresponderá a un país que cuenta con un potencial económico más que suficiente como para codearse con las grandes potencias económicas y políticas europeas. Es más, en los últimos años, el papel de España en el plano político ha perdido incluso fuerza. En la última remodelación de las instituciones europeas, sólo Josep Borrell ha visto reconocida su valía política y personal como para figurar en uno de los papeles estelares de la UE, la de responsable de la política exterior comunitaria.

España, al margen de esta excelente representación, se encuentra claramente minusvalorada en las instancias comunitarias. Habría que preguntarse por los motivos que han relegado a políticos y profesionales españoles de la primera línea del quehacer político común. Junto a Borrell, la vicepresidencia del Banco Central Europeo (BCE) está ocupada también por un español, Luis de Guindos. Pero poco más. Los centros de decisión europeos apenas cuentan con presencia española. Y ello acaba traduciéndose en el alejamiento de nuestro país de algunos proyectos de importancia vital para el futuro. Este asunto de las baterías eléctricas es algo más que una anécdota que ilustra nuestro papel secundario en Europa.