El empleo se contagia

La debilidad de la economía española, de la que tanto se viene hablando en los últimos meses aunque con datos todavía poco concluyentes, está registrando sin embargo una visibilidad algo más acusada cuando se observan con detalle las cifras del mercado de trabajo. El empleo es un termómetro de respuesta rápida ya que a veces ni siquiera espera a que se produzca un debilitamiento de la actividad económica. Basta un modesto soplo de incertidumbre para que los protagonistas de la economía pongan sus argumentos en fase de observación y de forma más o menos acusada e inmediata, los indicadores reales de la economía empiecen a resentirse.

Algo de esto está empezando a suceder con las cifras de empleo desde poco antes del verano. Es verdad que las cifras mensuales de afiliación a la Seguridad Social o de pertenencia a las listas del desempleo presentan algunos repuntes puntales o retrocesos esporádicos, como el que acabamos de constatar en noviembre, con un aumento importante en el descenso del número de afiliados a la Seguridad Social, que ha presentado una de sus mayores caídas en un mes de noviembre desde hace varios años.

Pero, al margen de estas reacciones puntuales, lo cierto es que en términos anuales la situación ofrece menos datos para el pesimismo. En los doce últimos meses, el número de cotizantes al organismo público ha aumentado nada menos que en 431.000 personas. Habría que congratularse si las cifras fueran algo superiores porque la triste realidad es que nuestra tasa de paro es todavía muy elevada y requiere bajadas más sustanciales que las vistas en los últimos cuatro o cinco años. Pero el crecimiento de la afiliación muestra un grado de conciliación con el aumento del PIB que resulta bastante reconfortante, siendo ambos susceptibles de mejoría.

En todo caso, estamos instalados en una fase de crecimiento suave, más liviano del que necesitaría nuestra estructura económica. El frenazo de la construcción de viviendas tras una reacción alcista muy prometedora hace algo más de dos años hasta fecha reciente, la menor intensidad en la afluencia turística (que a pesar de todo este año podría batir nuevos récords históricos de entrada de extranjeros), los problemas de actividad en algunas ramas de la industria (la del automóvil, en particular, afectada por los cambios tecnológicos y de regulación que se han empezado a aplicar desde hace año y medio con importante quebranto para las exportaciones españolas), las incertidumbres políticas varias (desde la inexistencia de un Gobierno en España hasta la alargada sombra del Brexit) pasando por el impacto que en le economía española en conjunto está teniendo la inseguridad del clima económico catalán que está paralizando algunas inversiones, son todos ellos elementos que están contribuyendo a frenar el normal desenvolvimiento de la economía y a dilatar algunas tomas de decisiones que se traducen inevitablemente en menores ritmos de actividad y por lo tanto en una menor disponibilidad de gasto y de contratación de personas. España está sólo regular en materia económica, quizás no tan mal como algunos pregonan, pero desde lego el rumbo es cada vez más inseguro y endeble. La política tiene la clave en una pronta salida de este entorno, que está pidiendo con urgencia la formación de un Gobierno estable y con ideas sensatas.