Gobierno progresista, Gobierno continuista

El famoso Gobierno progresista que había anunciado Pedro Sánchez a bombo y platillo tras su fotogénico abrazo con Pablo Iglesias parece diluirse por momentos. Las negociaciones con los catalanes no avanzan o al menos no avanzan lo suficiente como garantizar su abstención, ya que la barrera de la autodeterminación y de la formulación republicana que exigen los catalanes no hay forma de encontrarle un recurso dialéctico convincente.

Pero no es sólo el escollo independentista el que pone trabas a una alianza que desde el primer momento mostró la difícil química a la que estaría sometido un Gobierno que intenta sumar los votos del PSOE con las fantasías mesiánicas de los portavoces de Unidas Podemos. Tanto es así que se empieza a hablar ya sin rodeos de un Gobierno “continuista”, al menos en lo que se refiere al manejo y la gestión diaria de la economía.

Pedro Sánchez ha apostado con fervor por encomendarle la gestión económica a Nadia Calviño, una política europeísta incrustada en las huestes socialistas que no va a permitir apenas concesiones a los aliados de la izquierda radical. Pablo Iglesias lleva varios días moderando su lenguaje y sus expectativas. Su horizonte político está últimamente dominado por la imposibilidad de lograr buena parte de las promesas políticas que había estado lanzando desde hace meses y que, además de espantar a muchos y potentes inversores, tanto domésticos como internacionales, ha sido puesto en evidencia por muchos de los analistas y expertos de la Unión Europea.

En un terreno más discreto, posiblemente las conversaciones de tresillo entre Nadia Calviño y los representantes de la formación morada han llevado a la convicción de que el tratamiento de los problemas económicos a los que se enfrenta España tienen muy poco que ver contra ese programa económico progresista en el que los impuestos en alza eran la piedra angular de las medidas que iba a poner en práctica el nuevo equipo gobernante. Máxime si, una vez vistas las dificultades de sumar votos en los feudos nacionalistas, la salida pasa por algún tipo de alianza con los postulados que defienden formaciones políticas más moderadas y de perfil conservador, como podría ser el caso del Partido Popular y de la pequeña suma que apostaría Ciudadanos.

Esta suma posiblemente acabará haciéndose factible por la fuerza de los hechos ya que pocas cosas de ese programa de izquierdas con el que soñaba Pedro Sánchez pasarían sin problemas por el tresillo de la vicepresidenta Calviño y mucho menos por el visto bueno de los magnates de Bruselas, que se quiera o no mandan mucho en los Gobiernos de la zona, a pesar de la deslavazada gestión de los asuntos comunitarios que se está llevando a cabo en esta Europa de vísperas del Brexit pero que conserva todavía importantes recursos políticos para impulsar políticas económicas comunes dentro de la Unión. Y el programa económico “progresista” que pregonaba Sánchez y del que cada vez habla menos su aliado Iglesias estaba cargado en exceso de fantasías vestidas con el disfraz del progresismo, que ahora empiezan a tomar la senda del continuismo.