Las urnas y el nuevo Gobierno, asimetría de fuerzas

El acuerdo sellado entre Sánchez e Iglesias abre una nueva etapa en la vida política y económica españolas. No se pueden ocultar las profundas diferencias que en ambos frentes, quizás más en el económico, separan a los dos partidos firmantes de este documento, todavía bastante difuso pero ya muy indicativo de sus orientaciones básicas.

Se trata, en todo caso, de un documento de escaso contenido, un papel para poder firmar un acuerdo que borre ante todo la sensación de que vamos a estar unos cuantos meses más sin Gobierno estable, que abre el camino a una etapa de estabilidad (que es lo que todos o casi todos queremos) y que deja contentos a buena parte de los militantes de ambas formaciones políticas. Como punto de arranque puede servir. Otra cosa es lo que ya se apunta y, en especial, lo que se concrete de ahora en adelante, en políticas concretas, es decir, en la letra pequeña del pacto.

No hay que dejar de lado, en todo caso, dos cuestiones que inicialmente llaman la atención. La primera, que el pacto orienta sus preferencias hacia una gestión “progresista” de la vida pública y de la gestión de la economía, es decir, la duda inicial que cabía abrigar está ya resuelta. No vamos a contar con un Gobierno tranquilizador para los sectores económicos más convencionales y ortodoxos, es decir, un Gobierno que tenga el beneplácito de eso que se suele llamar “el capital”. La evidencia de que esta inclinación inicial queda bien explícita se ha podido observar ya en las primeras reacciones de los mercados, inequívocamente pesimistas, tanto al contemplar la reacción de la Bolsa como la de los tipos de interés y la prima de riesgo. Todos los indicadores económicos posteriores al abrazo de los dos líderes políticos apuntan en la peor de las direcciones para la economía.

La segunda cuestión que ha llamado la atención es el poco caso que las fuerzas políticas firmantes de este pacto le han hecho a la voluntad y sobre todo a la tendencia de las urnas. No hay más que echar cuentas de los escaños que ganan o pierden cada una de las dos grandes tendencias políticas del país. Mientras el sector conservador (PP, Ciudadanos y Vox) ha elevado el número de sus asientos en la Cámara Baja en 3 escaños (aunque 50 asientos se han concentrado en dos marcas, PP y Vox, mientras Ciudadanos ha restado nada menos que 47), el sector progresista ha perdido 9 (los 3 del PSOE y los 7 de Unidas Podemos). En ambos grupos se pueden contemplar las cifras de minoritarios o trasvases de formaciones, pero el resultado global no sería muy diferente. Es decir, una ligera subida del sector conservador (sobre todo de la mano del grupo más radical, Vox) y una ligera reducción de la izquierda, incluida la radical y siempre dejando de lado las fuerzas predominantemente nacionalistas.

Hay, a la postre, un cierto despropósito en la lectura final de las elecciones del pasado 10 de noviembre, en la medida en que en el futuro Gobierno liderado por Sánchez ha ganado bastante peso el sector radical (representado por Unidas Podemos) que en las urnas no ha tenido la misma correspondencia, sino a la inversa.