Juegos políticos, riesgos económicos

Se están acumulando las inclemencias políticas en España con creciente riesgo de perturbación en el funcionamiento de la economía, no sólo en el ritmo de aumento del PIB sino en las motivaciones de los inversores y en el pulso de los mercados. La inestabilidad política en torno al contencioso catalán va a provocar un frenazo en amplias áreas de actividad económica en esta zona de la geografía, que es precisamente una de las más dinámicas del país, sobre todo en algunos sectores como el turístico o el industrial.

Si ya de por sí las perturbaciones sociales son un nefasto caldo de cultivo para la prosperidad económica, el hecho de que algunos políticos realicen una valoración positiva de la violencia porque consideran que el clima de inestabilidad proporciona bazas positivas y favorables para la consecución de objetivos políticos, es un serio motivo de preocupación.

Los efectos de la inestabilidad se están ya dejando notar en las cifras de turismo y en el dinamismo del sector industrial. Dos vertientes que tendrán un impacto indudable en el dinamismo económico del conjunto del país y que en el caso de Cataluña juegan un papel esencial en el tejido económico de esta Autonomía. Un sector como el del automóvil, que depende en gran medida de la seguridad del aprovisionamiento de componentes procedentes de otras latitudes, muchas de ellas alejadas de la geografía española y por supuesto catalana, no sacará buenas rentas de la actual inestabilidad política que se vive en las calles y en algunas arterias de comunicaciones de la zona.

Por si el conflicto en Cataluña no fuera suficiente, la propia ausencia de un Gobierno estable y con mayoría parlamentaria adecuada añade más factores de riesgo, ya que hay importantes aspectos de la vida económica que han ido acentuando su grado de paralización, comprometiendo con ello el futuro desarrollo de la economía del país.

Lo malo es que estamos en puertas de unas nuevas elecciones generales, las segundas en pocos meses, y los pronósticos no parecen vislumbrar cambios sustanciales en relación con la dispersión del voto que ha condicionado en los dos o tres últimos años la estabilidad política del país. Los resultados de lo que votemos los españoles el próximo día 10 de noviembre ofrecerán un abanico de opciones políticas que no parece en condiciones de aportar mayores garantías de estabilidad. Con ello, tras el 10-N se podría abrir una etapa de duración indefinida en la que la toma de decisiones económicas va a tropezar con similares obstáculos a los que ha padecido el país en los últimos dos años.

No estamos, en suma, ante un horizonte ilusionante ni por supuesto positivo en lo económico. Las fuerzas políticas deberían tomar conciencia de los graves riesgos que todo ello acarrea al país.