Draghi y lo que queda pendiente

La despedida de Mario Draghi como presidente del Banco Central Europeo (BCE) para dejar paso a Christine Lagarde el próximo primero de noviembre para un mandato de 7 años no ha sido un festival. El último año del banquero italiano al frente de la entidad ha sido el periodo posiblemente menos brillante de su mandato ya que se ha constatado el frenazo de la economía europea y el retorno a medidas de apoyo a la liquidez, sin que se haya podido anunciar ninguna expectativa de próxima normalización en los tipos de interés, con la particularidad de que el BCE volverá en breve a su política de compras de deuda para mejorar las posibilidades de financiación de la Eurozona y, por lo tanto, aplicar medidas de apoyo a la actividad económica.

Draghi no se ha permitido apenas alegrías a la hora de hacer un balance de estos siete años, más allá de reclamar para sí el mérito de haber aplicado una estrategia lo más ortodoxa posible y de asegurar, quizás en un exceso de optimismo, que “la popularidad del euro nunca ha estado tan alta” como en estos momentos. No deja de ser una forma de disimular las diferencias que existen dentro del Consejo del organismo a la hora de aplicar medidas que no siempre han gozado del apoyo del sector más ortodoxo del entorno económico europeo, en donde Alemania y en particular algunos de sus representantes han esgrimido con cierta frecuencia un espíritu crítico que ha incomodado al banquero italiano.

Matizando la afirmación de Draghi, lo cierto es que la economía europea no se encuentra en su mejor momento dentro de este reciente periodo de siete años en los que ha estado Draghi al frente del BCE. Otra cosa es que el banquero y la institución hubieran podido instrumentar una política monetaria distinta y, sobre todo, haberla aplicado en los momentos oportunos. A veces, en materia económica, las cosas no se pueden calificar de buenas o malas simplemente por el hecho de que respondan a esquemas ortodoxos sino por el momento y el calendario con que se ponen en práctica.

Por lo demás, el papel del BCE en su contribución a la gestión de la economía europea depende de otras variables. Una de ellas, el complemento necesario de la política fiscal. Otro, la necesidad de contar con una Unión Bancaria que aporte homogeneidad y unidad de actuación a todo el manejo de las políticas financieras y de los mercados. Ambas cuestiones brillan de momento por su ausencia, como el propio Draghi se ha encargado de recordar y lamentar en el momento de su despedida.

La labor del BCE será tanto mejor cuanto mayor sea su integración en un esquema coordinado de actuaciones públicas a la hora de gestionar la economía europea en su conjunto. Los Estados europeos ya cuentan con esta coordinación interna dentro de los propios países y funciona mejor o peor, según los casos. Pero a nivel europeo, esta integración de políticas monetarias y fiscales al servicio de objetivos globales está todavía inédita y se presenta como la gran tarea pendiente para el futuro, a la que habrá de dedicar sus principales esfuerzos la nueva presidente del BCE. Y ello sin olvidar la necesidad de lograr un mercado financiero único y una Unión Bancaria que permitan superar los reinos de Taifas que de momento siguen obstaculizando la consolidación del euro como una verdadera divisa común y respetable.