Frenazo con dimensión mundial

Han transcurrido apenas cinco meses desde su anterior predicción económica y la OCDE ha dictaminado un recorte sustancial en las expectativas de crecimiento económico mundial, nada menos que un diez por ciento de recorte. Es decir, frente al 3,2% de aumento que se esperaba para la economía global allá por el mes de mayo, ahora se contempla un 2,9%, tres décimas menos. Es un ajuste sustancial en el que además hay factores cualitativos bastante preocupantes, ya que la OCDE sospecha que el frenazo va a profundizarse porque los motores del crecimiento de la economía mundial se han puesto a funcionar en modo crisis, como hace un decenio.

La triple motivación en la que se apoya este pronóstico radica en el riesgo de un Brexit duro, en la presión a la baja sobre el comercio mundial a la vista de los conflictos crecientes entre Estados Unidos y China y a algunas otras incertidumbres de reciente aparición, como la inestabilidad de los precios del petróleo derivada de la conflictividad inacabada en Oriente Medio. A estos tres elementos se suma la importante caída del ritmo de actividad en Europa, particularmente en Alemania, fruto de su débil comercio exterior, en concreto a causa de la debilidad de las exportaciones, que se están viendo influidas negativamente por los cambios regulatorios que se están aplicando al sector del motor. Alemania es el motor económico de Europa, pero este año va a rozar crecimientos próximos a cero, con algún pasaje de recesión.

La principal preocupación de los analistas del organismo supranacional apunta a que no se trata de un fin de ciclo sino de un enquistamiento que podría ser de larga duración. Una de las razones por las que este episodio de debilidad llega en un momento especialmente inoportuno es porque las políticas expansivas desarrolladas por los países industrializados más importantes del mundo para superar la anterior crisis, iniciada hace diez años, se han agotado en buena medida. Los tipos de interés se han situado en cero, las inyecciones monetarias abundan y algunos bancos de primer nivel, como la Reserva Federal de Estados Unidos, han vuelto a tomar la senda bajista en sus tasas de interés.

La consecuencia de los expertos es bastante obvia: se necesitan nuevos instrumentos de apoyo al crecimiento y la inversión. Y esos nuevos mecanismos pasan por una intervención más decidida y dinámica por parte de los Gobiernos, con el empleo más activo de las políticas fiscales y presupuestarias, que no han estado jugando el papel que les correspondería en estos momentos en los que las políticas monetarias ya no están para muchos trotes al haber agotado gran parte de su recorrido.

Los países han usado y abusado de las políticas monetarias, dejando de lado la utilización de instrumentos como el gasto del sector público. Ello tenía cierta explicación hasta ahora, ya que era necesario recuperar cierto equilibrio financiero en las economías públicas, tras años de desaforado crecimiento para compensar la atonía de la iniciativa privada. Ahora ha llegado el momento de volver a esas estrategias, claro que no todos los países cuentan con el mismo grado de maniobra. Ese es el principal problema.