Cómo evitar una crisis que aún no es crisis

Desde el pasado 21 de agosto, la Bolsa española prácticamente no ha hecho otra cosa que subir. Trece jornadas hábiles, con once subidas y apenas dos bajadas. No es que sean movimientos importantes, ya que en conjunto el Ibex 35 no ha subido más que un escaso 5%. Pero parece como si los inversores le hayan perdido el miedo a la volatilidad y a las incertidumbres.

De momento, el índice selectivo español gana en lo que va de año un 5,5%, que no es para tirar cohetes pero que refleja el afán de los mercados y de los inversores por amarrarse como sea a las ganancias, aunque sean modestas, desterrando los temores a una recesión que parecen anunciar diversos indicadores. La temida recesión, entre tanto, asusta menos por los datos que se van conociendo (descenso del comercio mundial, frenazo en la creación de empleo en algunas economías industrializadas, menores flujos de turismo, inestabilidad en los tipos de cambio) que por los temores a la forma de hacerle frente cuando de verdad las cifras mediocres se convierten directamente en malas. Es decir, cuando la debilidad económica se convierta en retroceso, en caída de la producción.

De momento, solo Alemania, entre las grandes potencias económicas del mundo, parece afrontar esta decadencia aunque para muchos se va a convertir en el auténtico experimento de cómo evitarla recesión que parece aproximarse, pero que se puede eludir, siempre que se pongan en marcha los instrumentos adecuados. Y Alemania parece contar con ellos.

No ha tenido que esforzarse mucho, ya que son soluciones de manual. La principal de todas ellas es activar los mecanismos de demanda mediante un papel activo del sector público, algo a lo que los ortodoxos económicos alemanes se habían opuesto en los últimos años porque han considerado que la virtud consistía precisamente en recorrer el camino de la autoridad, bajar gasto público y ajustar las cuentas del sector público para que el déficit no se convirtiera en una oveja descarriada.

Ha tenido éxito Alemania, con su estrategia conservadora, en ganar terreno en materia de ortodoxia, pero ha fracaso en la capacidad para estimular el crecimiento de su economía, que ha sido la menos aventajada entre los países desarrollados a la hora de generar más actividad económica, si bien la tasa de ocupación se mantiene brillantemente alta y el paro es la envidia, por su bajo nivel, de toda la zona euro.

Pero Alemania no está contenta con los resultados y se mira la forma de tomar carrera alcista y de convertirse de nuevo en algo que ha dejado de ser en los últimos pocos años, el motor económico de Europa e incluso de parte del mundo desarrollado. La eficacia del experimento alemán es ahora mismo, para cuando se ponga en marcha, y sobre todo cuando se puedan observar sus primeros resultados de éxito, la expectativa económica más apasionante de la economía global.