El atolladero de Lagarde

Christine Lagarde ha superado este miércoles con buena nota su primera prueba del largo examen al que le somete el protocolo institucional europeo para acceder al cargo de presidenta del Banco Central Europeo (BCE) durante los ocho próximos años a partir del 1 de noviembre. Lagarde es la primera mujer que desempeña el cargo y la cuarta persona que toma las riendas del euro. Lo hace en unos momentos que quizás no sean tan difíciles como los que afrontó ocho años atrás, en el otoño del año 2011, su antecesor en el cargo, el banquero italiano Mario Draghi. Pero los actuales tienen también su empeño. El gran debate económico que hay ahora en Europa es el de discernir hasta qué punto las políticas monetarias han agotado ya su margen terapéutico.

De entrada, llama la atención la escasa experiencia de la nueva ocupante del sillón del BCE en cuestiones bancarias. Sus tres antecesores (Duisenberg, Trichet y Draghi) contaban con credenciales dilatadas en el oficio, por lo general al frente de bancos centrales de sus respectivos países (Holanda, Francia e Italia, por orden cronológico). Lagarde viene de la política y de los organismos supranacionales, el más reciente nada menos que el FMI, en donde su trabajo ha sido por lo general muy bien valorado.

Las instancias comunitarias que están detrás de este nombramiento no son fáciles de identificar, aunque quizás se pueda decir que el juego de equilibrios políticos es el que ha jugado un papel más importante a la hora de elegirle sucesor a Draghi. No quiere ello decir que Lagarde no vaya a ser una banquera competente, ni mucho menos. Pero indudablemente cuenta con una gran capacidad política para moverse en los ambientes y entornos en los que va a tener que desempeñar sus altas funciones.

No le van a faltar tareas en esta dirección, ya que posiblemente el BCE afronta ahora una función más política que bancaria o financiera. Esto se supone que va a ser así porque Draghi se va dejando agorados prácticamente todos los mecanismos de gestión monetaria orientada hacia la expansión. No se puede entender de otra forma que los tipos de interés se encuentren a cero, es decir, con el único horizonte de profundizar en el abaratamiento de la financiación que pasar a tasas negativas, lo que crearía sería problemas operativos y, en todo caso, no sería un camino adecuado.

Por lo tanto, a Lagarde se le presentan tareas complicadas en la gestión del BCE y, en suma, en el manejo de la moneda única, el euro, y en la regulación de las grandes variables macroeconómicas, cuya dependencia no se diseña en los despechos del BCE precisamente sino en los Gobiernos de la zona euro. Lagarde tendrá que utilizar toda su capacidad política para movilizar a los Gobiernos de la zona euro, y en especial a aquellos que cuentan con un mayor margen de actividad fiscal y presupuestaria, o sea, Alemania, a tomar las riendas de una mayor agresividad en el manejo de sus Presupuestos y en una selección clara y decidida de las inversiones masivas que Europa debe afrontar en el inmediato futuro para salir del actual atolladero.