Otoño con borrasca

Empieza el mes de septiembre con  expectativas poco claras para la economía europea en general  y para la española en particular, aunque el horizonte parece algo más despejado para nuestro país que para el resto, en especial para las grandes economías de la zona y, en particular, para Alemania.  La clave de la desaceleración económica está en la debilidad de las exportaciones, es decir, en la menor carga de trabajo que tienen las economías de la zona euro  como consecuencia de los conflictos comerciales internacionales.

Si hace unos meses se confiaba en los efectos medicinales del Banco Central Europeo (BCE), que iba a poner de nuevo en marcha, como cinco años atrás, medidas de estímulo para hacer frente a la recesión y evitar su avance, ahora  se depositan menos grados de confianza en estas medicinas.

No sólo porque su uso  nos ha llevado a la zona límite en la que ya no es posible dar muchos más pasos adelante (por ejemplo, no parece sensato bajar más los tipos de interés cuando aún ni siquiera se ha revertido el movimiento de bajada anterior) sino porque nuevos remedios monetarios  apenas servirán para estimular la inversión, que al final es de lo que se trata. Los indicadores económicos que se vienen manejando en estas últimas semanas ponen de relieve la moderada inclinación inversora que muestran los agentes económicos, posiblemente asustados ante las expectativas poco alentadoras de la economía y del comercio de cara a los próximos meses.

Hay cautela entre los empresarios, una actitud que contrasta con la moderada cuantía de las tasas crediticias. Hay que recordar que en estos momentos algunas empresas empiezan a   barajar la posibilidad de lanzar emisiones en bonos a tipos negativos, algo que ya vienen haciendo algunos adelantados. Si en algún momento se ha hablado de dificultades financieras para afrontar procesos de inversión, en estos momentos las dos principales razones que impedirían esta expansión (la disponibilidad de financiación y el coste de la misma) juegan claramente a favor de la toma de decisiones de tipo expansivo.

Solo actúa como freno la falta de confianza en el futuro, el desconcierto que afecta a los agentes económicos a la hora de extraer una lectura positiva de la situación política,  quedando en un segundo plano aquellos otros factores que tradicionalmente ocupaban posiciones destacadas e incluso decisivas.

Todo ello se traduce en una necesaria reconsideración de los motores de estímulo económico. La política monetaria tiene escasas posibilidades de actuar como motor de crecimiento y, por el contrario, las políticas fiscales de los Gobiernos, sobre todo los que cuentan todavía con algún margen de gasto,  son las que deberían tomar la iniciativa para contrarrestar la creciente parálisis económica en la que se están sumergiendo las economías europeas. Este otoño puede ser un momento decisivo para ese cambio de rumbo.