En el déficit y en Alemania está la clave

Los mecanismos para eludir la recesión son difíciles de activar. Tampoco parecen existir ideas claras sobre cuáles son los más apropiados o cuáles se pueden emplear o en qué medida y proporción o a partir de qué momento. El galimatías es importante porque en la anterior crisis financiera, la que empezó en el año 2008 y se prolongó hasta el año 2013, se utilizaron muchos artilugios.

El catálogo de las medicinas económicas quedó prácticamente agotado y el enfermo todavía no está en condiciones de valerse por sí solo para caminar con rumbo decidido y firme. Además, si hay que aplicar nuevas medicinas, el almacén de fármacos está medio vacío y tampoco hay seguridades sobre si su empleo intensivo por segunda vez en tan corto espacio de tiempo respecto a la caída anterior va a permitir un grado de eficacia aceptable.

En estas se andan los analistas económicos estas semanas mientras observan con inquietud el acercamiento de debilidades crecientes en el enfermo económico. Hay, desde luego, un médico oficial en la primera fila del diagnóstico y de la terapia, que es el Banco Central Europeo (BCE). Ya ha alertado sobre los riesgos y sobre su disposición a actuar, pero nada se sabe de cómo va a hacerlo ni de las medicinas que piensa aplicar ni cuándo activará sus fármacos. Una cosa está clara, el catálogo de medicinas que puede aplicar para activar las constantes del enfermo, cuyo estado se agrava por momentos, es ahora mucho menor que en inicio de la terapia anterior.

La razón es bastante sencilla: ya se han agotado muchas de las medicinas y no cabe encontrar a corto plazo remedios de fácil y rápida ejecución. Por ejemplo, en materia de tipos de interés, el tratamiento del que tanto se ha usado y abusado en estos últimos años, incluso meses, ya solo queda bajarlos por debajo de cero, aunque de hecho una buena parte de la financiación que circula por el mercado, tanto de prestatarios públicos como incluso privados, tiene costes negativos.

No hace falta resolver muchos argumentos para suponer que buena parte de la nueva terapia va a exigir una actuación intensiva de los Gobiernos. El papel del BCE sirvió estos años para dulcificar los tratamientos, para evitar que los costes sociales de combate contra la crisis económica se tradujeran en castigos políticos.

Parece que ha llegado el momento de abandonar esa metodología por la sencilla arzón de que ya no ofrece garantías de eficacia. Los Gobiernos han de afrontar ahora un protagonismo bastante más aguerrido, lo que pasa por activar los mecanismos del gasto público, dejando de lado el puritanismo con el que algunos Gobiernos europeos han ejercitado sus políticas económicas. El caso de Alemania parece el más ejemplar, no en vano ha logrado aprovechar la fase de recuperación económica de estos últimos años para hacer caja y promover un rápido retorno al equilibrio presupuestario del que ahora posiblemente salga con desgana pero como remedio inevitable.

Alemania tiene la fortuna de disponer de esa artillería almacenada en sus depósitos, cuenta con arsenal para aplicar ahora algo más que fuegos de artificio. No así los demás compañeros de viaje, que por no tener (caso de España) ni siquiera tenemos Presupuestos que echarnos a la cara. Alemania va a ser previsiblemente el agente principal de esta nueva fase de lucha contra la debilidad económica en la zona euro.