El frenazo económico y los nuevos estímulos

El motor de la economía europea, Alemania, se ha parado. La mayor economía de la Eurozona registró una caída del PIB del 0,1% en el segundo trimestre del año. En este segundo trimestre del año 2019, de las cinco grandes economías europeas solamente España ha logrado un crecimiento aceptable respecto al trimestre anterior, del 0,5%, mientras Francia ha presentado un modesto ritmo del 0,2%, Italia del 0% y, ya en cifras negativas, Alemania ha presentado un retroceso del 0,1% y Gran Bretaña del 0,2%.

Europa se encuentra, por lo tanto, en el umbral de un severo frenazo económico, cuyo principal exponente es la debilidad de las exportaciones, ya que el resto de las variables aún muestra pulsaciones aceptables, incluso tan buenas como las que ofrece el nivel de empleo en Alemania, en máximos desde hace bastante tiempo. El tropezón tiene, por lo tanto, su origen en problemas de importación, por un lado el impacto negativo del conflicto comercial desatado por Estados Unidos y por el otro el riesgo cada vez más presente de un desenlace brusco del Brexit, es decir, una mala evolución derivada de una ruptura conflictiva entre los británicos y la UE.

No hay visos de mejora en el corto plazo, según los expertos más inmersos en el análisis de la situación. Las variables políticas son el principal ingrediente de lo que pueda suceder en el futuro, ya que los vaivenes de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China tienen un papel decisivo en la evolución de los flujos de intercambios de mercancías, con derivaciones en los mercados europeos. Además, algunos sectores, como el del automóvil, presentan problemas específicos que han incidido durante los últimos meses en una contracción de las ventas, con especial perjuicio en algunas economías europeas (Alemania y España en primera fila) muy dependientes de este sector industrial.

Los remedios para este debilitamiento no van a venir esta vez de una aplicación intensiva de las políticas monetarias, como ya se ensayó, con cierto éxito, hace cinco años. Ahora, el BCE puede desempeñar un papel importante en la aportación de soluciones, pero no va a ser, ni de lejos, el principal motor de la recuperación económica, que requiere tratamientos diferentes, relacionados con el sector real de la economía. Las medicinas monetarias ya han hecho un destacado papel años atrás, pero ahora se encuentran en fase terminal, es decir, sin márgenes adicionales de maniobra. Los tipos de interés ya están a cero y en muchos ámbitos en negativo por lo que no pueden bajar más sin riesgo de incurrir en distorsiones económicas importantes.

Las medicinas que es preciso aplicar a partir de estas señales de debilidad pasan por lanzar estímulos económicos muy selectivos mediante el empleo de políticas fiscales, aplicando apoyos a sectores y actividades que mejoren la capacidad competitiva de los sectores más de vanguardia para suplir el desfallecimiento que se ha contabilizado en el sector productivo y en las actividades exportadoras. Para aplicar estos estímulos, las políticas fiscales tendrán que desarrollar sus mejores armas, aunque no todos los países están en condiciones de llevar a cabo estos impulsos con la misma agresividad. Aquellos en los que el equilibrio fiscal ha logrado mejores rendimientos (y España no es precisamente uno de los mejores, dado el retraso a la hora de corregir del déficit interno) serán los mejor preparados para afrontar esta nueva tarea de estímulos selectivos.