La fiabilidad de los datos de vivienda

El sector de la vivienda, tanto en su vertiente de precios de los pisos como en los precios de los alquileres, presenta en España altos grados de falta de fiabilidad o, cuando menos, importantes diferencias y desajustes según las fuentes consultadas. No hay forma de encontrar datos coherentes y la comparación de lo que aportan las diferentes fuentes de información sobre el sector es bastante desconcertante. Aportan datos sobre la vivienda el INE (Instituto Nacional de Estadística, fuente oficial por antonomasia), los Registradores de la Propiedad, los Notarios, las compañías de venta y de alquiler de pisos, los servicios de estudios de los bancos, el propio Banco de España,… En fin, un amplio abanico donde escoger, aunque el resultado de todo ello no redunde en una buena calidad de la información sobre el sector sino en un desconcertante batiburrillo, que dificulta el análisis y la toma de decisiones de unos y otros.

Y esta amplia secuencia de valoraciones puede estar generando ciertas dificultades entre los ciudadanos a la hora de tomar decisiones. Entre las consecuencias que de ello se deriva está la dificultad para calibrar con cierta exactitud cuál es el tipo de interés que más conviene para la financiación hipotecaria, sin olvidar la perspectiva del plazo para el que se adoptan las decisiones, que suelen ser bastante largos dada la naturaleza del bien que adquiere.

Las últimas tendencias en relación con los tipos de interés hipotecarios tienden a considerar que estamos en un momento especialmente dulce para bancos y clientes a la hora de adoptar decisiones en este terreno. El paradigma es ahora mismo el crédito a tipo fijo y a largo plazo, naturalmente con niveles muy ajustados, ya que estamos viendo ofertas por lo general alineadas en torno al 2% y algunas incluso por debajo.

Como nos encontramos en una etapa de bajos tipos de interés, con la previsión de que esta etapa puede ser de larga duración, los créditos hipotecarios a tipo fijo pueden ser una buena oportunidad para que la banca se garantice ingresos estables a largo plazo con los que eludir la caída de los márgenes y para que los clientes logren aceptables costes de financiación a largo plazo. El razonamiento es válido mientras los tipos de interés sean bajos (inferiores desde luego al 2%) y las tasa de inflación no se desajusten, todo ello en un entorno de crecimiento aceptable de la renta disponible y tasas de morosidad moderadas.

Lo malo es que estas condiciones no siempre van a quedar garantizadas, por lo que en un momento de desbordamiento de la situación económica las tasas de morosidad pueden volver a dispararse, la solvencia del sector bancario puede volver a entrar en zona de riesgo y la situación de las economías familiares puede regresar a situaciones de litigios como hemos visto en estos últimos años, con efectos nocivos tanto en las entidades financieras como en las economías familiares.