Brexit, verdades y bravatas

La cuenta atrás para la salida de Gran Bretaña de la UE,  salida que en principio se vaticina como de forma brusca, no está contribuyendo a mejorar las previsiones del día después. Hay un  patente deseo de tremendismo en las posiciones de los británicos, cuyo nuevo Gobierno ha llegado al poder impulsado por los teóricos y ampliamente pregonados beneficios que una salida brusca va a reportar a Gran Bretaña.

Pocos dudan de que se trata de una posición negociadora que tiene algo de forzada en el plano argumental. Pero de momento es la que está sobre la mesa. No hay otra.  Y este pasada semana las cifras  se han encargado de ofrecer un claro testimonio de cómo ven los mercados la nueva situación. La cifra que en  principio lo está reflejando de la mejor forma posible es la cotización de la libra esterlina frente al euro.

Ese barómetro  del tipo de cambio (que tiene un valor teórico pero que también se traduce en cifras reales, que afectan directamente al nivel de vida de los ciudadanos)  ha  mostrado un perjuicio para los intereses británicos del 0,6% en apenas una semana. Es un castigo  que puede considerarse excesivo para tan corto espacio de tiempo, con la particularidad de que no parece retornable. Es decir, la libra viene perdiendo terreno de forma significativa frente al euro desde hace tiempo y no hay motivos para suponer que, con un escenario de ruptura brusca, no va a perder aún  más terreno en los próximos meses.

En los cuatro últimos años ha perdido en torno a un 40%,  caída que en buena medida se ha acumulado tras la victoria del actual premier y su insistencia en una salida brusca. El descenso de la libra frente al euro en el último mes  ha estado por encima del 1,5% y en la semana pasada un 0,6%. Habrá que ver lo que sucede en los casi tres meses que restan hasta la fecha prevista para el portazo, el último día del mes de octubre.  Pero a la vista de los diagnósticos que formulan los expertos y los organismos especializados (entre ellos el Banco de Inglaterra), los primeros días del mes de noviembre pueden ser de auténtico pánico para la economía de las islas y para la sociedad británica.

Es tal la seguridad con la que se formulan los pronósticos  desde los más diversos ángulos  que cabe suponer que las nuevas autoridades británicas están extremando sus posiciones para mejorar sus ventajas a la hora de una ruptura que no sería dura sino pactada y negociada. Una salida dura perjudicará a ambas partes, Gran Bretaña y la UE. Pero el perjuicio será bastante mayor para los ingleses, según opinión prácticamente unánime. De ahí que las reacciones de los agentes económicos ante la escalda de declaraciones del nuevo Gobierno británico estén todavía muy matizadas y no hayan caído por el precipicio, aunque en algunos momentos puede dar la impresión contraria, como sucedió con las Bolsas europeas en el curso de la semana pasada.  Si realmente Boris  Johnson está amenazando con bravatas que se propone aplicar, el futuro económico de Gran Bretaña podría estar  seriamente comprometido.