La parálisis política y las secuelas económicas

Estamos asistiendo los españoles a un espectáculo, por momentos grotesco, en el que se ventila la viabilidad de la investidura de Pedro Sánchez, el líder del PSOE, como nuevo Presidente para el periodo de cuatro años de la actual legislatura, surgida de las pasadas elecciones en las que los socialistas lograron el mayor número de votos, pero en medida insuficiente para conformar una mayoría absoluta y facilitar la creación de ese deseado Gobierno.

La tardanza está resultando excesiva y en medios económicos, tanto nacionales como foráneos, se empiezan a vislumbrar claras señales de inquietud. No solo por el hecho de que la tardanza sea un factor negativo en sí mismo para una situación de vacío político, sino porque las hipótesis de alianzas que se están barajando en algunos comentarios surgidos de boca de los propios líderes están empezando a preocupar seriamente. Que el propio Sánchez haya confesado ante los altos dirigentes del PSOE las demandas del líder de Podemos, Pablo Iglesias, en las que este último reclamaba una Vicepresidencia y las carteras de Hacienda y Trabajo en el hipotético Gobierno de coalición, es una cuestión que entra de lleno en el esperpento.

La fragmentación de la representación política en España tras los últimos resultados electorales parece diseñada por el diablo. Hay una mayoría posible a la izquierda de los socialistas con algún aditamento secesionista. Hay otra mayoría posible a la derecha del PSOE con los votos, sumados o simplemente puestos a disposición pasiva del ganador, de Ciudadanos y Partido Popular, con una prolongación improbable de otro partido más a la derecha, los radicales de Vox.

Entre estas dos posibilidades, una a cada lado del arco parlamentario, está claro que los socialistas tienen su querencia programática e incluso idealista (no exactamente ideológica) más del lado de Podemos que del contrario. La palabrería que tanto abunda en todas las formaciones políticas, sean del signo que sean, le asigna mala imagen a una eventual alianza entre socialistas, populares y Ciudadanos. Pero los números son los números y la alianza con el ala conservadora y centrista del Congreso es la que garantiza mayor solidez y un marchamo de mayor calidad a una eventual alianza política, que no tiene por qué traducirse en un Gobierno de coalición.

El ejemplo de la Unión Europea, esta misma semana, en la que conservadores, socialdemócratas y liberales han llegado a un acuerdo para desarrollar una política común bajo un mando único, el de la política germana Von der Leyen, podría ser una buena guía en la que inspirar a los correspondientes partidos políticos españoles en la adopción de un programa común similar. El paralelismo tiene indudables ingredientes teóricos, pero podría dar la pista para un mayor pragmatismo entre los agentes políticos españoles, cuyas diferencias políticas y programáticas parecen más artificiales que reales y, en todo caso, teñidas por un tufo personalista que el país no se merece y que los agentes económicos empiezan a observar con preocupación y hastío. Y si el cansancio de la gente conducirá tarde o temprano a la desafección ante el sistema democrático, con la inevitable subida de los partidos radicales y extremistas, el asombro con el que los agentes económicos están siguiente este desesperante tira y afloja puede acabar en otra cosa igualmente peligrosa para el país, la demora y el retraso en las inversiones y a la postre el frenazo en la economía.