España, a veces, no es un país serio

Nunca, o pocas veces, la economía española había estado  tan sobrada de noticias buenas y no tan buenas en una mezcla que  podría conducirnos a un estado de incertidumbre insuperable. No es bueno que una economía, sobre todo de un país desarrollado y maduro, como es el caso de España, ofrezca altibajos y cambios de rumbo que resulten desconcertantes para los agentes económicos, sean estos los empresarios, los consumidores, los trabajadores o los inversores internacionales.

Mientras el  país sigue sin Gobierno (lleva “en funciones” mucho más de lo razonable) y, lo que es peor, sin expectativas claras de que vaya a tenerlo en breve,  están pasando cosas. La interinidad no impide que el país, mejor dicho el Gobierno, tome decisiones de largo alcance. Da igual que se trate de un importante pedido plurianual de armamento militar que de la regulación de una cuestión tan importante como el alquiler de la vivienda o, el último disparate, el anuncio de la inminente aplicación de  nuevas normas sobre los peajes en la distribución de sectores básicos de la economía como el gas o la electricidad, que amenazan con poner patas arriba a importantes sectores de la economía española.

La reacción de la Bolsa en las dos últimas semanas, generando pérdidas cuantiosas en la capitalización de empresas  españolas de primera fila, denota bien a las claras el disgusto y la perplejidad que han causado en medios económicos las medidas de un Gobierno que dice todavía estar en funciones, aunque algunas de estas medidas correspondan a entes públicos no estrictamente gubernamentales. Al igual que el Gobierno, entes como la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia no pueden sustraerse a la necesidad de desarrollar una conducta templada y lo más alejada posible del intervencionismo arbitrario en el que parece haberse instalado en los últimos tiempos, justo además al borde del periodo de vigencia del mandato de alguno de sus responsables.

La fiabilidad y seguridad jurídica así como la transparencia en la toma de decisiones que muestren su justificación a quienes han de cumplirlas y acatarlas son piezas básicas del funcionamiento de una economía que busca el progreso y los avances, con un buen pulso inversor, sin el cual  España no podrá mantenerse mucho tiempo en la élite de los países con mejor grado de crecimiento. España tiene que ofrecer una mejor imagen de sí misma ante el exterior, ahora que algunos de los principales indicadores mundiales de calidad de vida o de eficiencia en algunos de los principales parámetros  de la vida económica nos han situado en las posiciones de mayor privilegio internacional.

Esa buena posición se la ha ganado muy meritoriamente y a pulso nuestro país, nuestra sociedad, nuestras empresas y trabajadores, como para que el Gobierno o las instituciones públicas de turno se ocupen en derribarla con algunas conductas impropias. La necesidad de un Gobierno estable que deje a un lado los maximalismos impropios, los populismos de otros tiempos y las prácticas erráticas y arbitrarias a la hora de gobernar, son exigencias de esta hora, cuando el país mantiene aún, en parte gracias a la inercia del pasado reciente, una  excelente trayectoria económica que es imprescindible conservar y a ser posible mejorar.