Lagarde y Borrell, en la cúpula europea

El elenco de nuevos altos cargos de la Unión Europea deja un buen sabor de boca a España en la medida en que nuestra presencia en la primera fija de los máximos responsables ha ganado peso específico con la presencia del socialista Josep Borrell al frente de los asuntos exteriores de la Unión. Es posiblemente la designación de más alto nivel lograda por España en el cuadro de mando de la Unión desde nuestro ingreso en la organización. Borrell había presidido el Parlamento Europeo pero su designación para un cargo tan importante como el de jefe de la diplomacia europea coloca a un español en una posición de influencia privilegiada. El hecho de que Borrell sea un catalán seriamente comprometido con la integridad territorial de España es un asunto de la mayor relevancia.

En el ámbito económico, la llegada de una persona con tanta experiencia internacional y en los asuntos económicos como Christine Lagarde a la presidencia del BCE (Banco Central Europeo) habrá contribuido a templar los ánimos de muchos políticos y analistas, además de banqueros. Lagarde está a punto de abandonar la dirección de la nave del Fondo Monetario Internacional (FMI), posiblemente la mejor atalaya institucional no gubernamental desde la que se gestionan los asuntos de la economía mundial.

El italiano Draghi ha sido un excelente presidente del BCE pero su relevo planteaba algunos temores en la medida en que la batuta del banco que dirige las cuestiones monetarias y financieras de la Unión pudiera haber caído en manos de una persona de perfil radical, como el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann. La designación de la germana Ursula Von der Leyen para el sillón de máxima responsable de la Comisión Europea le ha cerrado el paso al conservador Weidmann aunque no ha dejado paso libre a alguno de los candidatos franceses con posibilidades de acceso al cargo. Italia puede haber sido el país más beneficiado por la designación de la francesa Lagarde, ya que los temores a que el BCE cayera en manos de un presidente más radical estaban bastante fundados.

El Gobierno de Macron ha optado finalmente por una persona con una amplia experiencia internacional, lo que puede ser considerado también como un claro voto en contra de Weidmann, ya que ni siquiera el Gobierno de Merkel le otorga especiales simpatías a su banquero central. Se trata de un voto a favor de la moderación y de la flexibilidad en una cuestión tan delicada como la política monetaria, que en estos momentos se apresta a vivir una etapa de transición hacia nuevas formas de manejar variable tan delicada.

Draghi no ha podido despedirse del cargo sin llevar a cabo la tarea que posiblemente estaba deseando desde hace algún tiempo, una normalización (es decir, una subida) de las tasa de interés para acompasarlos a las necesidades más normales de la economía, es decir, más hacia la línea del 2% en vez del0% o de los tipos negativos que se han estado manejando en los últimos años y que ahora mismo parece que tienen asegurada una prórroga de alrededor de un año adicional. Esa transición hacia una política monetaria diferente tendrá que graduarla ahora Lagarde, cuya visión macroeconómica está notablemente acreditada tras su larga estancia al frente del Fondo Monetario Internacional en estos últimos años.