Pensando en frenar una hipotética recesión

La economía entra en una semana de expectativas ante la reunión del G-20 del próximo fin de semana, los días 28 y 29 de junio en Osaka, Japón. De todas las cosas que puedan suceder en esa reunión,  el encuentro entre Trump y su colega chino Xi Ginpig cataliza la mayor parte de las valoraciones ya que en sus manos se encuentran algunas claves económicas sustanciales  del momento, como el alcance de las disputas comerciales entre ambos países, o políticas, como el grado de confrontación bélica entre Estados Unidos e Irán, con la secuela del riesgo de precios y de suministros para el petróleo.  Son estas dos las principales fuentes de riesgo que amenazan en estos momentos el devenir de la economía mundial.

Pero no son desde luego las únicas.  Hay una cierta sensación de proximidad  de final de ciclo en el devenir económico, tras un decenio de recuperación  no exenta de irregularidades y tropiezos. Hay en el ambiente una cierta sensación de que una nueva recesión no será descartable a la vuelta de un año, como pronostican abiertamente algunos de los analistas más audaces.

Este sombrío pronóstico tiene varios elementos de manifestación. Por un lado, la mera constatación estadística que proporcionan los índices bursátiles de Estados Unidos, con  algunos indicadores en máximos históricos, como es el caso del S&P 500, uno de los más representativos. Muy cerca de máximos se encuentran otros índices relevantes, de forma que  cada vez cuesta más trabajo esperar que la renta variable afronte un horizonte de subidas, lo que da a pensar que nos encontramos en una etapa previa a un retroceso de la actividad  o de un prolongado periodo de lento crecimiento.

Además de los indicadores bursátiles, existen otros elementos de alerta respecto al inmediato futuro y a la definición de la etapa en la que nos encontramos. Se trata de las medidas preventivas que han anunciado a lo largo de las últimas semanas, en especial durante los últimos días, los dos principales bancos centrales del mundo, la Reserva Federal y el BCE.  El hecho de que ambas instituciones hayan puesto las bases necesarias para ir preparando a los agentes económicos con vistas a un empleo masivo de los instrumentos monetarios de apoyo a la actividad económica deja bastante clara su determinación en sentido activo.

Ambas instituciones  están, en efecto, preparadas para bajar tipos de interés o para adoptar medidas adicionales de apoyo a la economía, aún sabiendo que en el caso del Banco Central Europeo (BCE) los márgenes de actuación en la dirección expansiva son bastante limitados. En el caso de la Reserva Federal estadounidense, que podría tener ya muy elaborada su actuación de tipo expansivo para el inminente mes de julio,  su decisión implica un cambio radical de rumbo ya que en los últimos años sus actuaciones han sido exclusivamente al alza y ahora de lo que se trata es de frenar esa escalada e iniciar una estrategia más precautoria, consciente de que la economía no tardará en necesitar estímulos tras haber agotado casi todos sus cartuchos.