La recurrente polémica del Salario Mínimo

La bronca que ha protagonizado este martes la secretaria de Estado de Empleo, Yolanda Valdeolivas, con el gobernador del Banco de España, a propósito de los presagios que hace unos pocos meses realizó este último sobre la fuerte subida del Salario Mínimo, ha deslucido el confortable balance del empleo durante el pasado mes de mayo.

La afiliación a la Seguridad Social está rozando ya zona de máximos históricos y el paro desciende a un ritmo apreciable, aunque algo menor del que cabía esperar. Hay, por lo tanto, razones para el optimismo y para la continuidad de las políticas que se han venido aplicando en materia de empleo en los últimos años, sobre todo las que han facilitado un crecimiento bastante aceptable de la economía, que al fin y a la postre es lo que alimenta la inversión y la creación de empleos.

De las críticas lanzadas este mediodía por la responsable de empleo a los máximos rectores del Banco de España quizás cabe reprochar un cierto grado de exceso y desde luego lo incompleto de las críticas, ya que en esencia quienes se pronunciaron contra este aumento tan acusado ponían el acento sobre todo en la necesidad de que las subidas salariales tengan una mayor correspondencia con la productividad. También se puso el acento en el impacto quizás negativo que este aumento podría tener entre los sectores más jóvenes del mercado, que buscan su primer empleo, y entre los de mayor edad. En su momento, el gobernador Hernández de Cos declaró que la inesperada subida del Salario Mínimo (un 22,3% hasta los 900 euros mensuales) encerraba riesgos para el empleo, sobre todo por su intensidad. Sorprendió a casi todo el mundo que el Salario Mínimo diese un salto tan considerable.

La sorpresa no fue patrimonio de los técnicos del Banco de España sino de otros organismos como la Airef, la agencia Moody’s, la Comisión Europea y el Fondo Monetario, por citar algunos de los más relevantes. Se llegaron a realizar evaluaciones sobre el eventual impacto negativo de esta subida, con una amplia estimación que oscilaba entre los 50.000 y los 125.000 empleos menos, una banda de hipótesis que lógicamente no es posible comprobar en el corto plazo sino cuando exista una cierta perspectiva temporal.

Los estudios que se han realizado pasado el tiempo sobre el impacto en el empleo de subidas anteriores mucho más modestas, aunque muy superiores a las subidas salariales medias del conjunto del país, han dado resultados negativos significativos. Sucede que estas estimaciones se han realizado en una etapa en la que el empleo crece de forma consistente y existe una demanda real bastante consistente de mano de obra, por lo que valorar las consecuencias sobre el empleo resulta más complejo. Además, la relación entre los aumentos salariales y la productividad ofrece resultados muy dispares según los sectores, bien se trate del sector servicios y del amplio sector industrial, con sus sectores netamente exportadores o simplemente de consumo doméstico mayoritario. En cualquier caso, la evaluación del impacto de estas medidas deberá esperar algún tiempo y, aún así, deberá ser complementada con otros elementos que inciden en la creación de empleo, en su mantenimiento y en los efectos de tipo sectorial. No es fácil entrar en una precipitada polémica en la que desempeñan más papel las intuiciones o las ideas previamente asumidas que el impacto real de las decisiones adoptadas.