La compleja gestión de la economía

El contenido del Plan de Estabilidad remitido por el Gobierno a Bruselas  no ha aportado novedades significativas en lo que atañe a las esperadas reformas   económicas prometidas hace unos meses y que ahora estarán  supeditadas a la formación del nuevo Gobierno y en particular al margen político que permitan las diferentes opciones de pacto con otros grupos políticos. Sánchez sigue deshojando sus expectativas de alianza tratando de buscar el escenario en el que pueda disponer de manos libres en mayor medida.

Uno de los puntos centrales de la gestión económica residirá en la identidad del máximo responsable de la economía, un puesto que ha tenido una relevancia aparentemente menor en  la etapa de Sánchez al frente  del Gobierno aunque  sí ha dejado clara una intencionalidad,  el deseo de contar con un hilo directo y fiable ante las autoridades económicas de Bruselas. Con Nadia Calviño,  este papel parece razonablemente asegurado.

Queda por ver si la economía se mantendrá en sus manos durante la próxima etapa política que se abre cuando se constituya el nuevo Gobierno. Y  están por ver los compromisos de índole económica que Sánchez se verá obligado a admitir  y encajar en su programa de Gobierno como consecuencia de las alianzas necesarias para dotar de estabilidad al Ejecutivo. Con Calviño, Sánchez tiene un buen aval ante Bruselas.

Pero eso no basta para  dar por supuesto que la conducción de la economía en estos próximos años va a ser respetuosa con la ortodoxia habitual   que predomina en el Ecofin, el sanedrín de ministros de Economía y Finanzas europeo, en donde España ha dejado de ser un alumno con tendencias enfermizas gracias a la gradual corrección de sus desequilibrios. No es descartable que la vigilancia sobre la economía española afloje de alguna forma en los próximos meses ante el creciente  deterioro que están experimentando dos países tan importantes como Francia e Italia.  Con todo, España puede presentar un expediente más que aceptable si cumple con las propuestas que ha enviado a Bruselas en el Plan de Estabilidad, cuyo cumplimiento nos llevaría a las  puertas del equilibrio presupuestario en el año 2022.

El Gobierno tendrá que mirar con más agudeza que el mero reojo lo que está sucediendo en la escena internacional, en donde hay claros brotes de riesgo que pueden desbaratar los mejores planes de gestión de la economía española: la guerra comercial  que protagonizan básicamente China y Estados Unidos, la  deslizante trayectoria del precio del  crudo (sometido a los vaivenes políticos de Oriente Medio y en particular a las sanciones a Irán) y la cobertura de la política monetaria que ejecuta el Banco Central Europeo (BCE). Estos tres elementos de potencial desequilibrio  internacional pueden desbaratar  las mejores intenciones de los responsables de la economía española.

A este abanico de potenciales  influencias externas hay que añadir lógicamente el esfuerzo necesario que deberá llevar a cabo el nuevo Gobierno a la hora de  recuperar el equilibrio financiero de la Seguridad Social para hacer más viable el sistema de pensiones y el impacto que tendrán en el comportamiento de los agentes económicos las nuevas medidas fiscales que pretenden dar un salto casi cualitativo en la gestión de los ingresos públicos (con un ambicioso programa de subida de la recaudación) y en el control del gasto, todo ello sin que se desbarate la productividad del sistema  ni los incentivos con los que debe contar el sistema económico para potenciar al máximo la inversión y, con ella, el empleo.