Deuda Pública, el esfuerzo necesario

La Deuda Pública española  sigue batiendo récords históricos. En febrero, su importe ascendió a 1,189 billones de euros,  cifra que equivale a un 97,8% del PIB. El nivel máximo de la deuda española quedó fijado en el año 2014, cuando representaba el 100,4% del PIB.

Desde aquel máximo de deuda, la  economía española ha logrado un recorrido bastante virtuoso en cuanto a crecimiento del PIB, con una media cercana al 3% anual. Este importante crecimiento de la actividad económica no ha sido suficiente, sin embargo, para  doblegar  la cuantía del déficit, a pesar de la importante ayuda que ha recibido  el Estado y los organismos públicos de parte del Banco Central Europeo (BCE), en forma de tipos de interés       inusualmente bajos junto a una política monetaria intervencionista traducida en compra de activos  públicos en condiciones ventajosas.

El retroceso de la relación entre la deuda y el PIB se ha producido como consecuencia de un crecimiento más rápido de la economía que de la deuda, es decir, ha sido en cierta medida engañoso.  Es por ese motivo por el que España ha pasado  en este periodo de cuatro años  desde el 100,4% del PIB hasta el  97,2% de finales del pasado año. Es decir, la proporción entre deuda y PIB se ha reducido en estos cuatro años a un ritmo inferior a un punto porcentual del PIB cada año.

Dicho de otra forma, la velocidad de  descenso de la relación entre deuda y PIB puede considerarse claramente insatisfactoria. Al margen de la proporción entre las dos variables, la cuantía de la Deuda Pública sigue al alza en términos absolutos. En una etapa de crecimiento económico tan  meritorio, no cabe duda de que el esfuerzo relativo para reducir la deuda debe ser considera claramente insuficiente.

El aumento de  la deuda en valores absolutos responde a un permanente estado de lo que podría llamarse despilfarro. El déficit es el resultado de un gasto superior al volumen de los ingresos. Para recortar el déficit hay que actuar, en consecuencia, por alguna de las tres vías posibles: recortando el gasto, incrementando los ingresos o  llevando a cabo ambas cosas de forma simultánea. En algunos momentos, los gastos han aumentado de forma moderada mientras los ingresos  lo hacían de forma más expansiva, pero lo normal ha sido lo contrario, es decir, los gastos han desarrollado de forma continuada una  dinámica más expansiva que los ingresos.

Se puede decir que  este tipo de políticas es propio de Gobiernos de tipo progresista. Pero España ha tenido Gobiernos  de los dos signos en este periodo reciente, es decir, socialistas y PP. Incluso el periodo más dilatado de tiempo ha correspondido al PP, aunque – todo hay que decir – el grado de desequilibrio entre los ingresos y los gastos públicos ha ido  corrigiéndose  a medida que pasaba el tiempo, sobre todo porque la economía ha ido mejorando y permitía este tipo de políticas, más moderadas en el gasto y  más eficaces en la recaudación.

En cualquier caso, la corrección del  problema del déficit está siendo muy insuficiente e incluso nula en estos últimos cuatro o cinco años. En buena lógica, la economía española debería acelerar el paso en esta corrección ya que nos encontramos ante riesgos potenciales muy severos en cuanto el BCE cambie su política monetaria. A partir de ese cambio, que quizás tarde todavía un año o algo más, si España no logra arreglar con mayor  vigor el signo de las cuentas públicas, la economía se verá abocada a una grave crisis.