El atasco de los bancos centrales

Da la impresión de que los dos bancos centrales más influyentes del mundo, la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo (BCE) se han quedado sin guión a estas alturas del ciclo económico, de que carecen de un Plan B, de que tienen más dudas que certidumbres sobre lo que tienen que hacer en el medio plazo. Y esa sensación, la falta de objetivos claros entre quienes deben guiar los pasos de la economía global, o al menos influir de forma importante en sus designios, es una de las motivaciones de la zozobra que domina en estos momentos en los mercados mundiales. La gente ha perdido el rumbo y, al ver que los grandes gestores del dinero no lo tienen claro, hay un estado generalizado de duda y de incertidumbre.

La culpa de este desbarajuste quizás tenga su punto de partida en algunas torpezas de política económica o simplemente de tipo político que han conducido a un estado de inseguridad en los agentes económicos, resultado de todo lo cual ha sido un frenazo en las previsiones económicas.

La guerra comercial entre chinos y estadounidenses, la desastrosa gestión del Brexit o simplemente la peregrina idea de una parte de la dirigencia británica de someter a referéndum un asunto tan poco apropiado para la expresión de ideas colectivas como es la pertenencia a una organización supranacional como la UE, la aplicación poco medida de algunas reformas como las tendentes a rebajar el deterioro medioambiental sin aplicar estrategias gradualistas que logren respetar el impacto negativo en algunos sectores (como el siempre importante del automóvil), serían algunas de las razones que están en el origen del deterioro económico que se ha llevado por delante en apenas un trimestre una buena parte de las expectativas económicas que se estaban consolidando tras el inicio de la salida de la crisis económica iniciada hace diez años.

Este frenazo económico se ha producido incluso a pesar de que las medidas monetarias favorecedoras del crecimiento adoptadas en los últimos cinco años estaban, y están, en plena fase de ejecución. El resultado de todo ello es que ahora, con el freno puesto y la economía al ralentí, los dos grandes bancos centrales se encuentran con una grave carencia de instrumentos de acción.

De momento, la Reserva Federal americana es la única que puede mover alguna ficha, ya que empezó a subir tipos de interés antes de tiempo y ahora cuenta con algún margen para bajarlos y lanzar mensajes de apoyo a la actividad económica. En esa dirección podría empezar a moverse mucho antes de lo esperado.

Peor lo tiene el BCE en la zona euro, que desde cero no tiene margen de maniobra más que en una dirección, la de subir tipos, que lógicamente es lo último que puede hacer en las presentes circunstancias, lo que deja prácticamente eliminadas sus opciones de apoyo al crecimiento y a las facilidades de financiación de los agentes económicos que deseen emprender una estrategia de crecimiento y de inversión capaz de relanzar la economía. Hay varios frentes abiertos y todos ellos parecen apuntar en la dirección menos estimulante, es decir, en la búsqueda de unos apoyos que ya han sido agotados en la primera fase del ciclo de recuperación. Inventar otros nuevos no está de momento al alcance de los sabios de la economía, así que habrá que revertir algunas de las ingeniosidades de estos últimos meses.