Los 110 dálmatas de Sánchez

Las 110 medidas económicas del candidato Pedro Sánchez apenas aportan originalidad y materia nueva a las promesas económicas formuladas por los socialistas durante su etapa al frente del Gobierno y con motivo de la elaboración del nonato Presupuesto que se ha quedado en el cajón de los recuerdos. El documento que sale ahora de la factoría de ideas de Ferraz supera en nueve ideas la celebrada película de Disney, 101 dálmatas, pero tiene todo el aspecto de perecer en un plazo notablemente inferior víctima de la fugacidad propia de las promesas electorales de incierto cumplimiento.

Aparte de la escasa originalidad de los 110 propósitos con los que Sánchez aborda su oferta electoral, en el batiburrillo de buenas ideas hay apelaciones continuadas al aumento del gasto público, a los deseos de mejorar la renta y el bienestar de los ciudadanos, al incremento de los impuestos, naturalmente con destinatarios bien señalizados, las empresas y las rentas altas. Hay pocas, por no decir ninguna, cuantificación de lo prometido, por lo que los lectores del programa de las 110 medidas se van a quedar tras una detenida lectura del documento con escasas motivaciones adicionales para depositar el voto a favor de los autores del susodicho documento. Solo la fe ciega y la filiación previa al partido podrían justificar cierto grado de adhesión.

Ya que los socialistas se han tomado la molestia de cuantificar y enumerar sus promesas en el plano social y económico, se les podría haber ocurrido algo más, tendente a mejorar la credibilidad del programa. Por ejemplo, poco o nada se dice en el informe sobre la forma en la que se van a lograr estos objetivos, tan ambiciosos como carentes de explicación a la hora de alcanzarlos.

Se habla poco del ahorro, de la productividad, de la competitividad de la economía, de la inversión, de los incentivos al esfuerzo o a la motivación como bases para alcanzar el cielo prometido. Y en economía, para lograr objetivos y para sustentar la viabilidad de las promesas hace falta algo más que la mística del igualitarismo y de todos los ideales que resultan tan baratos de alcanzar por la vía de las proclamas bienintencionadas pero que luego, a la hora de la verdad, encallan cuanto se trata de ponerlos en práctica.

Los analistas de la economía suelen dedicar por desgracia muy poco espacio, por no decir que casi ninguno, a escrutar el contenido de los programas económicos de los partidos políticos. Lo del programa socialista no es una excepción. Literalmente, lo mismo puede decirse de los diversos intentos de oferta pública que se están dando a conocer estos días, con envoltorios más o menos atractivos.

En la práctica, las épocas preelectorales como la que vivimos estas semanas suelen ser poco propicias no solo para la autocrítica sino para la crítica en general. Es un fenómeno que afecta a los programas políticos sin excepción. Por desgracia, no hay un foro de análisis más o menos independiente, o cuando menos riguroso en la calidad de sus diagnósticos, en el que se pueda encontrar algún tipo de balance que sirva de guía a los votantes. Y sería la hora de pensar en crear alguna instancia arbitral que, cuando menos, se pueda convertir en una guía para ilustrar a los ciudadanos. El resultado de las elecciones es de alguna forma esa vía, aunque tiene un inconveniente, el de que hay que esperar cuatro años para comprobar en qué medida el ganador de las elecciones ha prometido en vano o en verdad.