Un plan urgente para la industria

Uno de los datos más inquietantes que ha registrado la economía española en los últimos meses ha  sido el espectacular frenazo de la producción industrial del país.  No es un asunto de importancia menor, ya que la industria ha sido el motor más importante de la exportación española en los últimos años y el sector que en mayor medida ha contribuido a equilibrar las cuentas exteriores.

Ello sin contar con el hecho de que la industria española aporta un importante caudal de empleo estable y de alta calidad, sin el cual el mercado de trabajo español entraría en una fase muy delicada habida cuenta de la tendencia a la temporalidad del sector servicios y del agrario, que son dos pilares importantes de la ocupación en nuestra economía. La tradición de un sector servicios cada vez más sólido en base a la fuerza que ha ido ganando el turismo y las actividades del ocio es parte importante de la fortaleza que ha mostrado el empleo  global del país en los últimos años. Pero no son soportes suficientes  para la economía española, que necesita cuanto antes consolidar la cifra de 19 millones de personas ocupadas, que de forma fugaz se ha alcanzado en el pasado reciente.

En los últimos meses, de forma puntual, algunas plantas importantes de compañías extranjeras instaladas en España desde tiempo inmemorial han anunciado planes de traslado de sus plantas a otros países, lo que ha causado una importante conmoción en algunas zonas del país, como Galicia y Asturias. España está dejando de ofrecer sus virtudes competitivas, en parte por los costes energéticos, en parte menor por los costes de personal, aunque en este último aspecto es necesario reconocer la calidad internacionalmente reconocida de la mano de obra española. Pero hay otros factores que intervienen en los costes industriales y en algunos de ellos nos hemos quedado rezagados.

Hay además otra  consideración en relación con el sector industrial español y es el hecho de que las nuevas tecnologías no han tenido en España la intensidad y profundidad que han alcanzado en otras altitudes, quizás por  la  muchas veces criticada insuficiencia de nuestros  centros educativos y la necesidad de contar con una oferta de formación profesional más acorde con las nuevas necesidades del sector industrial.  No deja de causar preocupación el hecho de que el nuevo programa de medidas de impulso económico que acaba de presentar el Gobierno esta misma semana omita de forma notoria la formulación de un programa de impulso educativo y de  formación  profesional destinado a las nuevas generaciones, en vez de insistir hasta la saciedad en nuevas  iniciativas destinadas a incrementar la recaudación fiscal.

Por este motivo, España se enfrenta en estos momentos a una doble necesidad en relación con el sector industrial: la derivada de mejorar la capacidad competitiva para mantener a las industrias ya existentes y, en segundo término, la necesidad de  incorporar un mayor grado de calidad  a la formación de las nuevas generaciones  con vistas a que las nuevas tecnologías formen parte de  la nueva oferta de empleo que permita captar nuevas actividades industriales, como ya sucedió en los años 70 del pasado siglo, cuando España se convirtió en uno de los puntos más atractivos para la inversión extranjera de  índole productiva.

 

Las nuevas tecnologías apenas están teniendo arraigo en el  impulso de nuevas empresas en España, sobre todo  de cara a la atracción de compañías multinacionales, en cuyas manos se encuentra el vértice de la nueva era industrial en la que estamos entrando.

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