Más frenos que motores en la economía

El turismo ha sido uno de los sectores que durante el pasado año proporcionó mejores satisfacciones a la economía española, logrando de nuevo máximos históricos. Hay ciertas esperanzas de que la bonanza turística se mantenga también elevada para nuestra mayor industria en el año 2019, aunque los riesgos de desaceleración económica en Europa, en donde el crecimiento de la economía podría quedarse en un escueto 1,4% (frente al 2,1% ó 2,2%, según los analistas, que se prevé para España), permiten formularse algunas prevenciones.

Con todo, los análisis provisionales, pero bastante provistos ya de cifras muy aproximadas, no resultan optimistas en relación con el sector exterior durante el año que acaba de comenzar. Ya en el año 2018, el sector exterior restó unas cinco décimas al crecimiento del PIB, es decir, una cuarta parte, hasta dejarlo en el 2,5%. Si en el año 2019 el PIB aumenta en línea con las previsiones mencionadas (la del Gobierno, del 2,2%, es la más optimista), volverá a ser el sector interno de la economía el que tire del carro, aunque el empuje del consumo y de la inversión, que han sido el pasado año los dos sostenedores principales de la economía, no lograrán previsiblemente tales cotas de empuje.

La inversión creció con fuerza el pasado año, incluso la inversión extranjera (de la que aún no hay datos aproximados, pero por lo visto hasta el otoño presentó una de sus mejores cifras de los últimos años), y la inversión en bienes de equipo, porque las empresas han estado manteniendo un ritmo exportador que sin embargo empezó a debilitarse a mediados de año debido a las querellas comerciales de ámbito internacional, que han perjudicado sobre todo a la economía europea y, por lo tanto, a España.

Quedan por lo tanto pocos elementos de empuje para sobrellevar con buen desempeño este año que justo estamos empezando a transitar. Por desdicha, a los descendentes motores del crecimiento económico se puede unir este año el impacto negativo de un excesivo frenesí político, en parte derivado de la incertidumbre exterior (Brexit y alteraciones en los equilibrios de fuerzas tradicionales en algunos de los países más fuertes de la zona euro) y en buena medida ocasionado también por los múltiples procesos electorales en marcha en nuestro propio país, en donde hay pocos motivos para la esperanza de un cierto grado de estabilidad.

El Gobierno sigue con contar con un instrumento claro de política económica, como sería el Presupuesto, y tampoco hay asomo de una agenda reformista que podría contrapesar en alguna medida los declinantes signos de actividad, tanto en el exterior como en la propia dinámica interna. Una de ellas, la que añadió un mayor dinamismo a la economía durante el pasado año, al margen del turismo, es el dinamismo en la creación de empleo, que facilitó un importante avance en el consumo interno, que aún se está prolongando en estas primeras semanas del año en curso.

La forma de buscar factores de contrapeso para los malos vientos que van a soplar y para disipar las señales siempre a tener en cuenta derivadas de la inestabilidad política interna debería convertirse en el principal desafío para los gestores de la economía. Todo ello sin olvidar el papel que sería deseable desempeñaran los agentes sociales en la búsqueda de acuerdos que permiten un mejor manejo de la economía.

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