Las curvas de 2019

Los pronósticos para la economía son inciertos en este arranque de año y lo que están reflejando los mercados es fruto más del desconcierto que de las certezas, tanto en lo que atañe a la economía española como a la economía global. Entramos en el año 2019, en todo caso, con previsiones a la baja, que en el caso de la economía española podría provocar un recorte en el crecimiento del PIB de tres o cuatro décimas, hasta niveles del 2,2% desde el 2,5% o quizás algo  superior que se ha ido anticipando para el año 2018. Pronto saldremos de dudas en lo que atañe a las cifras de este año recién cerrado. Ahora interesa bucear en los riesgos que se avecinan para los próximos meses, que no son pocos.

Hay influencias externas y existen capacidades nacionales. Entre las primeras, parece que la influencia del desenlace del Brexit cubrirá de riesgos los primeros meses del año, aunque el trasfondo de la desaceleración económica de China conduce inevitablemente a pensar en un entorno internacional  menos dinámico, agravado por el conflicto comercial que este país tiene abierto con Estados Unidos. Europa está ya creciendo menos que en los dos últimos años y afronta 2019 con claras señales de caída en el ritmo de actividad. Todo ello tendrá inevitablemente un impacto negativo en la economía española.

Qué puede hacer el Gobierno español para contrarrestar  estos rasgos exteriores negativos  deberá ser la tarea a la que tendrá que enfrentarse en los próximos meses el Ejecutivo, aunque para ello no cuenta con los mejores avales, el primero de los cuales es la ausencia de un Presupuesto aprobado.  La inestabilidad política tampoco  parece que vaya a orientarse en la mejor dirección, ya que presumiblemente este año será de actividad electoral abundante y, a causa de ello, las posiciones de los partidos y de los Gobiernos autonómicos y por supuesto del  estatal no estarán en las mejores condiciones de ofrecer estabilidad a los agentes económicos y sociales.

La coincidencia de  una influencia exterior negativa y un panorama político revuelto no son buena compañía para el quehacer económico. De hecho, los indicadores de confianza han empezado a mostrar ya en las últimas semanas un deterioro de las expectativas.   Las medidas que ha adoptado el Gobierno no han servido hasta el momento para enmendar algunas de nuestras principales jaquecas, como el alto nivel de endeudamiento  público, que sigue avanzando sin cesar pese al crecimiento de la economía por encima del 2% anual,  o la presión fiscal en alza, que contribuye a frenar la confianza de los agentes económicos y de los consumidores.

Todos estos elementos se han reflejado ya en la Bolsa, que el pasado año ha cerrado con su peor balance de los últimos años. Las exportaciones registraron el primer retroceso anual en el tercer trimestre del año pasado y posiblemente ofrecerán un balance poco optimista cuando se tengan las cifras completas del ejercicio, quizás como reflejo de la baja  productividad de la economía en los últimos meses, mientras la tasa de productividad se muestra esquiva y en bajos niveles de crecimiento. La suma de estos factores no es la mejor compañía para una economía que desde el exterior no va a recibir precisamente impulsos alcistas en los próximos meses.

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