CaixaBank suelta amarras

La  Caixa ha hecho las maletas y se ha ido de Repsol. Mejor dicho, las había hecho hace ya algún tiempo, ya que la decisión de abandonar la compañía petrolera no ha sido fruto de una subida de tensión. Estaba  en la lista de tareas pendientes desde que se elaboró el último plan estratégico de la entidad financiera, que concluye este año 2018. Más todavía tras la decisión de Repsol de entrar en competencia directa con Naturgy  (participada también por CaixaBank, aunque con bastante mayor peso en su capital) en algunos terrenos.

La entidad bancaria  tenía en los últimos meses dos inquilinos en su grupo empresarial con los que no estaba conforme. Uno de ellos era Repsol. El otro, más complicado, es el Banco de  Fomento de Angola, en donde posee una importante participación no mayoritaria, heredada de su entrada en el portugués BPI. El banco angoleño está generando pérdidas y es por lo tanto una mala inversión, no deseada. Además, desde hace unos pocos años, el BCE viene insistiendo tanto a BPI (ahora propiedad de La Caixa) como  a la propia entidad financiera española que debe vender esa participación y marcharse de Angola, debido al alto riesgo que representa esta participación. De momento, la venta está en el aire y presenta serias dificultades, ya que el único comprador posible es en la práctica el grupo angoleño que controla la angoleña Isabel dos Santos.

La salida de CaixaBank de Repsol es en realidad, a la espera del asunto angoleño, la culminación del plan estratégico todavía en vigor y abre las puertas a una nueva etapa para el grupo financiero, que iniciará el año 2019 con un nuevo plan estratégico de tres años. La nueva CaixaBank es más banco, en línea con los principales bancos europeos, poco cargados de participaciones empresariales.  La entidad ha rebajado el peso de sus participaciones claramente por debajo del 10%, que era su objetivo.

En el grupo español queda como participación relevante el  24% de Naturgy (nombre actual de Gas Natural Fenosa), una importante empresa energética cuya competencia creciente con Repsol en áreas  de desarrollo como la electricidad era motivo de fricciones al ser ambas compañías filiales del mismo grupo financiero. La creciente diversificación de Repsol hacia otros segmentos del negocio energético chocaba de forma flagrante con el territorio en el que se mueve Naturgy, lo que había creado creciente malestar en  CaixaBank y también en las dos compañías energéticas, filiales de un grupo común. Ahora, esta competencia puede seguir adelante sin que CaixaBank se vea obligada a ejercer de mediador, un papel que realmente nunca llegó a desempeñar, aunque la competencia de sus dos participadas le creaba creciente malestar.

Qué va a hacer CaixaBank con más liquidez en el bolsillo es una de las preguntas que cabe hacerse a partir de ahora, aunque sus máximos responsables han declarado que entre sus planes no se encuentra la expansión y el crecimiento de su negocio mediante fusiones o compras de otras entidades  financieras. Una declaración de principios que quizás no se sustente con la misma firmeza ahora que las participaciones industriales de la entidad tienen bastante menor peso a la hora de condicionar sus decisiones. Si se resuelva el caso del banco angoleño y se procede a la venta de la participación  en Naturgy, una hipótesis nada descartable de cara a los próximos meses, CaixaBank estaría en condiciones de dar un salto importante como actor financiero en el mercado europeo, aunque también podría reforzar su presencia en uno de sus socios estratégicos, Telefónica, en donde tiene desde hace tiempo una importante participación (ahora del 6%)  y con la que tiene cada vez más proyectos en común, dada la creciente relación entre los negocios bancarios y las telecomunicaciones.