La polémica sobre el frenazo de la economía

El frenazo de la economía española está estas semanas en boca de muchos analistas, empresarios y políticos. Hay quienes lo niegan pero la mayoría cree que España está enfilando poco a poco la senda de la desaceleración y que este asunto nos va a traer quebraderos de cabeza importantes.

Es una discusión relevante porque detrás de este debate se esconde un claro intento de advertir al Gobierno y a sus potenciales aliados de que hay que andarse con mucho cuidado a la hora de tomar medidas económicas (léase, subidas de impuestos) que puedan desincentivar la economía. Por este motivo, tras el debate se adivina una especie de alineamiento interesado, con dos bandos en liza, el de los optimistas, que se alinearían con las tesis gubernamentales que apoyan la adopción de medidas de carácter teóricamente progresistas, y el de los menos optimistas, que subrayan la necesidad de cautelas para evitar que la economía descarrile aunque de verdad lo que algunos de ellos pretenden es barrer para casa y que el Gobierno toque lo menos posible, desbaratando de este modo la presión de sus aliados gubernamentales que desde la izquierda condicionan su apoyo parlamentario a la adopción de medidas abiertamente intervencionistas y de marcado carácter social.

En este debate está quedando claro, de todas formas, que el PIB español no va a poder completar su cuarto año de crecimiento por encima del 3% y ya es sentimiento unánime que el 2,7% será el guarismo con el que al final debemos conformarnos. Pero, ¿permitirá esta suave desaceleración soportar un paquete económico de medidas en línea con lo que tratan de patrocinar los aliados a la izquierda de Sánchez?

La desaceleración de la economía está quedando acreditada por numerosos indicios, desde el freno del consumo privado hasta la caída del ritmo de crecimiento de las exportaciones pasando por la menor afluencia de turistas, signos claros de que las cosas no están funcionando como sería deseable o, al menos, lo están haciendo a menor ritmo que en años anteriores. A estos factores se unen los muy importantes vientos de cola que nos han soplado desde el exterior en estos años, como el bajo precio del petróleo, los tipos de interés bajo cero o la irresistible expansión del comercio internacional, tres elementos que ya no van a facilitarnos mucho la expansión en los próximos meses e incluso años, ya que en los tres casos se está percibiendo un manifiesto descenso del ritmo y del carácter estimulante que en estos últimos años tanto bien le ha reportado a la economía española, e incluso a la mundial, para dejar atrás los sinsabores de la crisis económica global.

En los últimos meses, otro elemento que ha sumado motivos de zozobra, en especial para algunas grandes empresas españolas, es la flaqueza con la que se mueven algunas áreas de la economía mundial, como es el caso de los países emergentes, con Turquía, Argentina o Brasil entre los ejemplos más destacados. Esta pérdida de fortaleza en estas economías puede tener efectos negativos más fuertes de lo esperado sobre la economía española.

Hay, sin embargo, un a variable que se está despachando a su aire y de forma manifiestamente alcista, la inversión, que crece a ritmo claramente por encima del PIB. La inversión es el motor principal de la economía, pero se mueve bajo pautas que a veces reflejan estados de ánimo más que diagnósticos económicos con cifras sobre la mesa. La inversión en España puede seguir funcionando como hasta ahora dando soporte al crecimiento del PIB, pero sus consecuencias positivas serán limitadas y, sobre todo, dependerán del entorno político en el que se mueva el país. La toma de medidas económicas tendrá que hacerse a la idea de que las decisiones sobre impuestos, gasto público, intervención estatal y otros que dependen de la larga mano del Gobierno de turno, no son plenamente inocentes y pueden acarrear consecuencias no deseadas en algunos momentos y en algunos segmentos de la vida económica.

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