Un horizonte económico de difícil gestión

El horizonte político que se acaba de abrir en Cataluña no es bueno para la estabilidad económica de esta región española y queda por ver hasta qué punto puede afectar también de forma significativa al conjunto de la economía nacional. Es tal el equilibrio de fuerzas entre los partidos favorables a  la secesión y los que se mantienen fieles a la Constitución que la gobernación de Cataluña tendrá que moverse en un delicado punto de equilibrio, que desde luego no aventura una conducción eficiente de la economía.

Es lógico que este resultado tan equilibrado esté inquietando a los inversores, tanto nacionales como extranjeros, porque nadie sabrá a qué atenerse con un territorio en el que las instituciones democráticas (básicamente el Parlament) reflejan una mayoría absoluta de partidarios de la secesión  (mayoría  parlamentaria) mientras la mayoría de los ciudadanos  está  lejos de comulgar con tales pretensiones.  Esta distorsión entre la mayoría social y su representación parlamentaria (y por lo tanto con el Gobierno que saldrá de dicho Parlament) plantea graves incógnitas para el funcionamiento de Cataluña.

Las señales que se vienen observando en Cataluña en los dos o tres últimos meses son bastante concluyentes sobre la desafección de los medios económicos y empresariales  hacia el estado de cosas que se va definiendo. Las empresas han tomado el rumbo hacia otros territorios en un elevado número (más de 3.000, entre ellas las más importantes de Cataluña), las inversiones extranjeras se han derrumbado,  la afluencia de turistas  (una de las fuentes de riqueza más potentes de la región) se está desinflando por momentos, los precios de las viviendas están cayendo de forma significativa (lo que afecta al patrimonio de cientos de miles de ciudadanos catalanes),… Son muy numerosas las señales que han detectado la inviabilidad, desde el punto de vista económico y también financiero, del modelo independentista, sin que nadie haya logrado poner en claro las ventajas económicas de esa opción.

La opción independentista, en otro orden de cosas,  tiene escasas posibilidades y medios para desarrollar su principal objetivo, que es la  creación de un Estado propio y diferente del resto de España.  No es posible, por lo tanto, sacar a Cataluña  de la Unión Europea, lo que constituye un dato importante a valorar por los inversores y por los empresarios.

Este hecho no implica,  en todo caso, que la situación catalana resulte manejable  para el ejercicio de las actividades económicas, entre otras cosas porque si el bloque de partidos independentistas logra formar un Gobierno con  mayoría suficiente, la propia falta de entendimiento entre los tres partidos que podrían prestar su apoyo a un Gobierno secesionista  parece plantear serias dudas sobre la  estabilidad  y credibilidad en la conducción  de la economía. En este sentido, el horizonte económico con un Gobierno claramente enfrentado al Gobierno del Estado español es cuando menos complicado y de muy difícil gestión.

La búsqueda de puntos de encuentro entre los dos o tres grandes partidos que han  obtenido los mejores resultados en estas elecciones aparece como la única forma de arreglar este difícil y enrevesado panorama. Unas nuevas elecciones parecen  inevitables, aunque siempre con la sospecha de que sus  resultados, a la vuelta de un año, no permitan obtener mejores  vías de acuerdo y de gobernabilidad. Claro que para entonces, el estado de la economía catalana desgraciadamente no será el mismo.