Los riesgos de la nueva senda del BCE

Esta pasada semana, el Banco Central Europeo (BCE) dio por fin la esperada buena nueva de su giro en la política monetaria, pero la alegría no ha sido ni  sólida, ni convincent5e ni duradera. En la práctica, quitar las ayudas monetarias se presenta como una cuestión erizada de obstáculos. Son muchos y muy diversos.  Lo de subir tipos de interés todavía no está en el guión (a diferencia de lo que trata de hacer la Reserva Federal americana, con más marketing que efectividad) y la reducción de las inyecciones de liquidez, que el año próximo se quedarán en la mitad que las de este año, es una medida que no se apea del todo de la estrategia de estímulos a la economía, lo que muestra que  las autoridades monetarias no están en absoluto convencidas de que la economía europea se encuentra en el recto camino de la recuperación consistente.

Una de las cargas que en estos años de crisis se ha ido haciendo cada vez más pesada es el coste de la deuda, que en algunas economías se ha duplicado. Los bajos tipos de interés actuales, en muchas ocasiones en zona negativo, han aliviado el coste de la deuda de los Estados, que de otra forma  habría suido imposible de pagar.  Pero los años han transcurrido y el volumen total de deuda no ha disminuido sino que ha ido en aumento, de forma que  el problema sigue más o menos en sus mismos términos que antes, la deuda cuesta menos financiarla pero es el doble de grande.

Por este motivo, el BCE tendrá que calibrar con mucha delicadeza el calendario de subida de tipos, aunque ya ha anticipado que no hará  nada en este terreno hasta el año 2019. En todo caso, el plazo de tiempo que resta para bajar el volumen de deuda y contrarrestar el sobrecoste de una eventual subida de tipos es manifiestamente insuficiente, de modo que el inicio de las subidas de los tipos de interés oficiales planteará a los Gobiernos la aplicación de medidas de austeridad o subidas de impuestos o reasignación del gasto o todo ello mezclado de forma simultánea, que será lo más probable. No será, en todo caso,  un momento esperado por los Gobiernos, aunque  posiblemente necesario para restaurar un cierto equilibrio en los mercados financieros, para darle algo de oxígeno al sector bancario.

La reducción de las inyecciones de liquidez a la mitad durante el año próximo, que es la medida que realmente ha anunciado el pasado jueves el BCE,  puede tener en todo caso un cierto impacto en los tipos de interés, aunque posiblemente el principal  objetivo resida en la búsqueda de una tasa de inflación más ajustada a los objetivos del BCE, es decir,  más próxima al 2%.

La  inyección de menos dinero a los mercados podría tener efectos contraproducentes sobre algunas magnitudes macroeconómicas, como el consumo, ya de por sí muy afectado por las tendencias demográficas, ya que el aumento de  la tasa de ahorro  que acarrea el envejecimiento de la población,  está limitando de forma considerable la expansión de algunas variables de la economía. Si en paralelo se produce esa menor inyección de liquidez por parte del BCE, los efectos pueden ser negativos para el conjunto de la economía, de modo que incluso esta medida de reducción de las inyecciones monetarias, que se  consideraba de antemano necesaria e incluso positiva, no carece de riesgos.