El indefinido coste de un conflicto

El estado de crispación y de conflicto político abierto en Cataluña y en el conjunto de España, puesto que a todos nos afecta el problema, va a tener un coste económico apreciable para el país. De eso caben pocas dudas. El grueso del quehacer nacional en las esferas en las que se toman decisiones poco tiene que ver, desde hace unos pocos meses a esta parte, con la búsqueda de nuevas ideas, con el trabajo bien hecho, con la toma de decisiones de futuro… El país entero parece embarcado en  una estéril tarea de  poner patas arriba la Constitución, cuando no de incumplirla abiertamente, sin que de forma paralela se estén buscando mecanismos alternativos para negociar y buscar un nuevo modelo de  organización para la vida nacional.

Es una pena que España se esté desangrando  literalmente cuando el grado de prosperidad del país había empezado a encarrilarse  felizmente por la vía del crecimiento, ahora amenazada.  Hasta hace escasas fechas, todas las previsiones que se formulaban  entre los expertos y analistas sobre el estado de la economía  superaban a las anteriores. Los organismos internacionales no hacen sino poner a España como ejemplo del buen hacer.

Ya crecemos por encima del 3% del PIB, lo que es una tasa de la que disfrutan pocas economías mundiales. Y la tasa de crecimiento del empleo se encuentra en sus niveles más elevados desde hace tres años, aunque todavía quede mucho camino por recorrer para acercarnos, no ya al pleno empleo, sino a las tasas de desempleo que son habituales en los países desarrollados y que España, multiplica todavía por dos o por tres. Las exportaciones, un barómetro que da testimonio de nuestra capacidad competitiva frente al resto del mundo, van como un tiro, creciendo a tasas de casi dos dígitos y desde luego marcando récords históricos casi cada mes, lo que explica la buena  disposición  del empleo, en la medida en que la industria, principal  componente de las exportaciones, abastece de puestos de trabajo en gran medida estables  y a largo plazo a la población española.

En fin, al margen de triunfalismos carentes de  justificación, lo cierto es que la economía va como una  moto y, por el contrario, los españoles nos empeñamos en activar una estéril marabunta de  divisiones y discusiones internas, que tienen secuestrada la capacidad de actuación de buena parte de la clase  dirigente y seriamente preocupados a los empresarios,  con altas dosis de  perplejidad de muchos inversores extranjeros que estaban orientando hacia España  importantes flujos de inversión muchos de los cuales parecen estar ahora mismo en suspenso o en fase de reconsideración, al menos hasta que amaine el temporal.

Todo ello   además de tener entretenidos en tareas poco  productivas a una parte de la población juvenil, que busca en el  idealismo  nuevas fuentes de inspiración y una nueva estructura del Estado,  como si ello fuera a resolver los problemas de unos y otros, de españoles y de ciudadanos de las diferentes Comunidades Autónomas, en especial la catalana, que  tratan de imponer nuevas  modalidades de convivencia, a veces de espaldas a la historia del país y muchas veces también de espaldas al sentido práctico y al sentido común. El país no puede seguir desangrándose indefinidamente en busca de ideales que nadie sabe identificar con precisión. Cuanto antes acabe este desbarajuste y nos pongamos a hablar como personas sensatas, mejor para todos.