El partido antiturismo

Que este año superemos los  80 millones de turistas  quizás no sea, por primera vez, un dato que se reciba con satisfacciones generalizadas. Ya hay en España un nuevo partido político, el antiturístico, cuya presencia se está haciendo visible en varias zonas del país, generalmente  las más visitadas por los visitantes extranjeros.  El sector, primera industria nacional   (11% del PIB y subiendo, aunque moderadamente),  empieza a preocupar e incluso a asustar a muchos miles de españoles. Algunos piensan, legítimamente, que el turismo se ha  ido al otro  lado de la balanza y que es más lo que  perjudica que lo que beneficia.

Las habituales llamadas a abrir un “periodo de reflexión” para ver cómo amoldar el problema a nuestras necesidades y posibilidades y para que el sector sea más una fuente de beneficios que de perturbaciones, han empezado a ser frecuentes. Incluso abrumadoras. Algunas han  pasado, además, a la acción, con la  realización de actos  violentos que desde luego nada tienen que ver con la búsqueda de una solución aceptable para la mayoría de los ciudadanos. La violencia no suele utilizar balanzas. Todo  lo pone de golpe y porrazo  (nunca mejor dicho)  en un mismo lado. Y ese no es un procedimiento civilizado ni por supuesto inteligente ni siquiera útil.

El turismo ha sabido gestionar muy bien el crecimiento en su ya dilatada historia.  Tanto que el sector se ha colocado a la cabeza de las actividades económicas de España como primer sector generador de riqueza, por delante de otros que tenían bien acreditada su supremacía, como la industria del motor.

No sólo eso: el sector turístico español es el más competitivo del mundo y en cifras ha tomado ya la cabeza como primer destino internacionalmente apetecido, por delante de Francia.  Algunas de las circunstancias que lo han hecho posible no son deseables, como  la elección de España en vez de países como Turquía, Francia o Túnez, por citar algunos ejemplos, bajo el riesgo de la amenaza terrorista que en algunos de estos países ha jugado contra sus intereses, lo que ha provocado un cierto desvío de flujos de visitantes hacia España.  Sin  estas circunstancias, el turismo español no habría encadenados récords de visitantes con tanta rapidez como ha sucedido en los  tres últimos años. Pero su ascenso habría sido igualmente apreciable, al calor de la recuperación de la economía europea, que es el principal origen de los visitantes.

Ahora, el sector tendrá que aprender a gestionar la abundancia, la masificación. Bien es verdad que el fenómeno preocupa sobre  todo en zonas muy delimitadas de la España urbana, como Barcelona, Palma de Mallorca,  algunas zonas de las Islas Canarias  o incluso  San Sebastián y Valencia.  Son zonas en las que el peso de la población visitante  supera con mucha amplitud (en Mallorca hasta en 12  veces) a la población residente habitual, aunque sea en  periodos limitados de tiempo. Esta sobrepoblación  está teniendo también su impacto en  la situación del sector hotelero y en  la utilización de los apartamentos y pisos de uso vacacional como  improvisados, muchas veces, alojamientos fuera de la ley.  Es una distorsión más de las que genera la masificación del turismo, cuya peor cara estamos empezando a ver después  de muchos años de  buen aprovechamiento económico.