Sánchez, como Groucho Marx

En el curso de unos pocos meses, el Partido Socialista ha  presentado tres caras diferentes en relación con el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá, conocido en la jerga con las  siglas CETA (el nombre  en  inglés con  sus cuatro iniciales),  un documento seriamente  trabajado por los expertos de ambos países y que no se merece la frivolidad tacticista con la que algunos partidos europeos, por fortuna en minoría, le han  juzgado y a veces votado.

El colmo de la incongruencia es la del PSOE, que acaba de anunciar, en un giro sorprendente de su posición, que votará en contrata de la ratificación de este Tratado internacional en el Congreso  de los Diputados español  después de haber  votado a favor en el Parlamento Europeo hace unos meses y de  olvidarse olímpicamente del asunto el resto del tiempo, hasta que ha visto la ventana de oportunidad para  hacerse de notar y  buscar un argumento anti gubernamental con el que acreditar su creciente acercamiento a Podemos, que  viene defendiendo de  tiempo atrás sus críticas a este acuerdo supranacional sin  argumentos consistentes, más allá de meras elucubraciones basadas en prejuicios ideológicos. Pero por lo visto, dos puntos de vista tan dispares en tan poco tiempo no eran suficientes.  Es como si Pedro Sánchez quisiera emular a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”.

A última hora, tras la reunión entre Pedro Sánchez, el nuevo líder socialista español, y el comisario europeo de Asuntos Económicos, correligionario (socialista francés) de su interlocutor español,  Sánchez ha dicho que el PSOE posiblemente se abstendrá para facilitar su aprobación y la ratificación final  `por parte de España, que se une a la de los  restantes países de la UE. Esta posición de abstenerse es la última postura de Sánchez, que en pocas horas ha mostrado dos caras diferentes. Unidas estas dos a la anterior posición  positiva de los europarlamentarios socialistas españoles en el Parlamento Europeo, los socialistas españoles habrán mostrado tres caras frente a un mismo problema. Todo un récord difícil de igualar.

Es de esperar que  las huestes de Pedro Sánchez enarbolen en el futuro una posición más lineal y sujeta a convicciones auténticamente  analizadas y a ser posible rigurosas en sus planteamientos para  que el partido recupere la credibilidad, que falta le hace. Este incidente del Tratado euro canadiense no ha contribuido desde luego a dotar de  solvencia a la nueva línea política del PSOE, un partido indudablemente  esencial y básico en la estructura política del país, sobre todo porque está  llamado a gobernar en algún momento en el futuro y, en todo caso, a ejercer una oposición responsable, sensata y constructiva.

Descalificar con ausencia de argumentos, como han hecho algunos portavoces del partido, el Tratado con Canadá ha puesto de relieve  no sólo un déficit de criterio sino una  débil  convicción  política de quien se posiciona en función de lo que hacen los demás. Bien es verdad que en democracia esto no es del todo infrecuente, pero  los vaivenes con  los que la nueva línea socialista está mostrando sus inclinaciones y sus planteamientos  constituyen un riesgo para el propio partido e incluso para el país.