Economía real y economía potencial

Aunque hay un diagnóstico  muy ampliamente extendido sobre lo bien que va la economía española, hay también  versiones  menos complacientes que avisan de los riesgos que acechan y de los retos que habrá que afrontar para que la fiesta no termine o, cuando menos, se mantenga  con buenas pulsaciones. El Banco de España, que ha sacado este martes su Informe Anual, una pieza que debería ser de imprescindible lectura para la clase dirigente, ha dejado un dato altamente preocupante.  Más que dato es una previsión poco  tranquilizadora.

Vaticina que la economía española va a entrar en una fase de crecimiento potencial mucho  más  moderado que el de los años dorados, es decir, los años en los que el crecimiento del PIB rondaba el 3% anual. Ese excelente registro, que nos ha convertido en una de las economías más brillantes de la zona euro, amenaza con venirse abajo y quedar en un  escuálido 1,5% de  media anual `para el próximo decenio, quizás a `partir del año 2018. Tal bajón dejará muchos  boquetes abiertos en la economía, desde la insuficiente creación de empleo hasta la  difícil cuadratura de los Presupuestos públicos, lo que incluye desde luego la capacidad de financiar adecuadamente el sistema de la Seguridad Social y en general el Estado de Bienestar.

Los rasgos que nos llevarán a este  escenario poco reconfortante tienen que ver con el envejecimiento creciente de la población debido a la baja natalidad, a la persistencia de un empleo de larga duración,  al elevado volumen de deuda (sobre todo del sector público, aunque también en algunos  segmentos del sector privado empresarial) y al reducido incremento de la productividad real, asunto este último que tiene muchas derivaciones y numerosas  causas originarias, la mayor parte de ellas  ancladas en el sistema educativo y, particularmente, en  la insuficiente sintonía entre el sistema productivo y el educativo, es decir, en la decepcionante capacidad que tiene la enseñanza española de formar gente para  satisfacer las necesidades  de la sociedad y de las empresas.

Son en suma cuatro capítulos de amplio espectro sobre los cuales  cabe mucha  gestión, mucho tratamiento autóctono, sin  depender de condicionamientos externos, salvo en casos aislados como es el del coste de la financiación internacional, aunque en este capítulo, relacionado con la  Deuda Pública del país, cabe la  posibilidad, incluso la necesidad, de  procurar su más rápida disminución, ya que el volumen de endeudamiento del país se ha convertido en uno de los elementos más preocupantes para el futuro económico español y en el que mayor grado de vulnerabilidad presenta nuestra economía.

Ponerle remedio a estos cuatro puntos críticos  o por lo menos suavizar su importancia tendría que convertirse en un programa económico de mínimos con el objetivo de  promover condiciones que permitan un mayor crecimiento de la economía. Buena parte de estos retos los afrontó positivamente la economía  española en sus años dorados, cuando el crecimiento potencial era incluso superior al 3% y el país tenía  una población joven, tasas de paro muy bajas, deuda casi  nula  y un sistema educativo que  con  mayor o menor empeño se aclimataba a las necesidades del momento,  bajo  premisas  lógicamente menos exigentes que en la actualidad. Recuperar esos parámetros no es imposible.