La masificación turística

Aumentan las expresiones de rechazo a la invasión turística que vive España, agudizada en los últimos años con cifras récord, 75 millones de  extranjeros.  Se dice pronto, pero en unos pocos años, el flujo de visitantes extranjeros ha añadido 18 millones más de visitantes a nuestro país, con especial fijación en algunas ciudades en donde el rechazo al turista empieza a causar preocupación. Hay en la prensa internacional una cierta repercusión negativa de este cambio de actitud de los españoles hacia el turismo, lo que genera la lógica preocupación. España era y sigue siendo el prototipo de país amable y acogedor, una cultura que puede trastocarse si por la vía  de la masificación España pasa a convertir al turista en un ser tóxico y molesto.

El turismo es una de las fuentes de riqueza más importantes de España, pero a nivel local, algunas ciudades  tienen  en el turismo su epicentro económico. Las Baleares y en especial Palma o Ibiza, son casos muy  destacados de monocultivo  económico.

Tanta afluencia de gente empieza a causar incomodidad a los residentes españoles, algunos de los cuales, sobre todo en algunas grandes ciudades (Barcelona es la más  beligerante en los últimos tiempos) empiezan a reclamar, a veces con éxito, medidas limitativas anta tal  avalancha.  La llegada de turistas se mezcla con los importantes (aunque de menor cuantía) flujos de inmigración  que llega al país desde zonas  del mundo en conflicto y en calidad de refugiados.  Son  corrientes de muy diferente signo y  de orígenes contrapuestos, a las que se unen también las fluctuantes corrientes de inmigrantes legales que llegan desde países que no  cuentan con los recursos suficientes para dar bienestar a tanta población y que ven cómo sus ciudadanos buscan en España el remedio a sus carencias. Cuanto mejor marcha la economía española, estos flujos normales aumentan de forma considerable, como está sucediendo ahora de nuevo, tras la oleada de entradas de hace ocho años.

De estas tres corrientes de ciudadanos que cruzan nuestras fronteras, la que está suscitando un  mayor rechazo en algunos sectores de la población española  e incluso en la actitud de algunas autoridades locales es  la afluencia turística. El turista se pasado a ser un  elemento peligroso, que alquila, en ocasiones  de forma indebida  y fuera de los circuitos legales,  viviendas de ciudadanos que  obtienen unos interesantes ingresos adicionales.

La afluencia  masiva de extranjeros ha dislocado algunos de los  mecanismos de funcionamiento reglado de la sociedad española, lo que afecta sobre todo al sector turístico, ya que los hoteles están poniendo el grito en el cielo ante tanta competencia desleal. Lo hacen con razones fáciles de entender: los hoteles pagan impuestos de todo tipo mientras los alquiladores, que en algunas zonas ya ofrecen más camas de alojamiento que los hoteles legalmente instalados (que ya es decir, dada la impresionante oferta turística española), se mueven  en alguna medida (al parecer importante) dentro de los canales de la economía  sumergida. España puede fracasar por indigestión  a causa del desbordamiento de una actividad que hasta ahora ha proporcionado riqueza, empleo y notoriedad. Sería  una pena que los poderes  públicos no estuvieran atentos ante este riesgo.