Castigo fiscal de Trump a Europa

Trump ha iniciado la presentación de su ambicioso plan fiscal, una operación que se compara con la oleada liberalizadora de Reagan en los años 80, también impulsada por los republicanos aunque en un contexto político internacional muy diferente al de estos días. Trump promete ahora la aplicación más o menos inmediata de una importante rebaja fiscal a las compañías (recortando el Impuesto de Sociedades del 35% al 15%), bajada del impuesto sobre la Renta (tanto en los tramos altos como en los mínimos, junto con una simplificación del número de tramos), supresión de los impuestos de sucesiones y algunas medidas tendentes a rebajar la presión fiscal sobre los beneficios no repatriados, que alcanzan cifras muy importantes.

De hecho, la aplicación de estas medidas puede causar algunos efectos negativos a los principales socios económicos y comerciales de Estados Unidos, en especial a Europa, que es en donde están recluidos buena parte de los beneficios de las compañías multinacionales que no regresaban hasta ahora al país. Este hecho podría causar algunos importantes desplazamientos de capital además de agudizar la baja fiscalidad que ya muestran las compañías estadounidenses en los países europeos en los que operan.

A primera vista, la puesta en práctica de las medidas anunciadas en una primera exposición no parece buena para la economía europea. El impacto de una más baja fiscalidad también podría traducirse en un mayor ritmo de inversión en Estados Unidos por parte de las compañías multinacionales que tienen parte de su liquidez y sus beneficios en el exterior del país.

Los nuevos estímulos fiscales a la economía americana, que atraviesa una etapa de pleno empleo, con la tasa de paro en torno al 5% de la población, tendrán que medir su eficacia con la política monetaria que viene desarrollando la Reserva Federal, en plena fase de retorno a una etapa de tipos de interés al alza y creciente preocupación por el control de la tasa de inflación y los desequilibrios. Con menos impuestos, la subida de tipos podría experimentar una mayor aceleración de la que ya está prevista. Una de las consecuencias que tendría la rebaja fiscal y el estímulo generalizado al gasto sería la aceleración del déficit exterior. Ya sucedió en etapas anteriores expansivas en la economía americana, aunque en esta ocasión el factor energético puede actuar de contrapeso ya que Estados Unidos ha dejado de ser un gran importador de petróleo gracias al desarrollo de sus propios yacimientos con nuevas tecnologías de extracción.

La batería de medidas fiscales que acaba de anunciar el nuevo Gobierno americano, cuando están a punto de cumplirse los primeros cien días desde su llegada al poder, tiene que pasar por las Cámaras, en donde la posición de Trump no es precisamente sólida. De hecho, su primera gran contrarreforma, la legislación sanitaria de Obama, cosechó un sonoro fracaso. Con la batería de medidas fiscales puede tener algunas dificultades, aunque posiblemente cuente con unas Cámaras más predispuestas al recorte fiscal, que llegará acompañado por un programa de reducción del tamaño del sector público. La holgura de que dispone ahora el Gobierno de Trump en este terreno es posiblemente mayor habida cuenta de que los imperativos de la Guerra Fría, que condicionaron los gastos militares en la época de Reagan, no tienen ahora la misma presión.