El papel de España en la UE

España llevaba desaparecida de la escena diplomática y política europea varios años. Parece que esa etapa está llegando a su fin, en parte por los problemas de algunos de nuestros socios más que por méritos propios, aunque entre estos últimos no faltan algunas hojas de cierta brillantez, sobre todo en el plano económico. Lo cierto es que los españoles tenemos motivos para sentirnos algo postergados en el gobierno de la Unión. Nunca desde su fundación ha habido tan pocos españoles en la cabecera de las instituciones comunitarias, en contraste con otros tiempos en los que la presencia de compatriotas formaba parte de la rutina cotidiana.

En estos momento, dos son las plazas que España tiene claras posibilidades de tener al alcance de la mano. Una, un puesto en el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), ya que desde la salida de González Páramo en el año 2012 (tras ocho años de pertenencia a dicho órgano), ningún español forma parte de esta institución clave en los engranajes económicos y financieros de la UE. Candidatos en el gremio de banqueros españoles hay muchos y muy capaces. La turbulencia que ha vivido el sector financiero españolo ha afectado a un importante número de instituciones, básicamente las cajas de ahorros, pero en el sector bancario privado hay mucha gente capaz de aportar su capacidad profesional a los buenos oficios de la institución financiera más importante de la UE.

La otra rama de la vida comunitaria europea en la que tendría un buen encaje algún dirigente español es, como se ha venido especulando en los últimos meses, la presidencia del Eurogrupo, es decir, el puesto máximo de responsabilidad del grupo de ministros de Economía de la zona euro, ahora en manos del polémico Jeroen Dijsellbloem.

El candidato español más barajado es Luis de Guindos, ministro de Economía del Gobierno de Rajoy, cuya candidatura ha sido evaluada en diversas circunstancias y en diferentes fases en estos últimos años, sin que hasta el momento exista una clara voluntad política de proceder a un relevo que parece estar pidiendo a gritos el político socialdemócrata holandés, cuyas desafortunadas declaraciones criticando a los países del Sur europeo no sólo han puesto en duda su imparcialidad sino también sus dotes diplomáticas y su sentido común. La batalla interna existente en Holanda de cara a la formación de un nuevo Gobierno podría dejar fuera de juego a Dijsellbloem, lo que abriría la puerta a un relevo, dentro del cual la candidatura española podría abrirse paso.

Ha sido tanto y tan prolongado el olvido en el que se ha colocado a España en las tareas europeas que incluso una doble candidatura española en estas dos plazas podría considerarse bastante normal, en modo alguno un exceso de representación. La española es una de las cuatro grandes economías de la Unión Europea y, con la salida británica, el papel español puede aumentar peso específico y consistencia. España es hoy un cero a la izquierda en el concierto europeo y este hecho no tiene justificación, máxime cuando España está liderando una nueva familia de países del Sur europeo deseosos de aumentar su presencia y su influencia en una organización que siempre ha basculado del lado de la Europa del norte y del centro.