Jerónimo el calvinista reinventado

Un amplio grupo de parlamentarios europeos (aunque apenas representa el 10% de los escaños de la Cámara), movilizados por el Partido Popular Europeo, ha unido sus plegarias a las de otros representantes parlamentarios y líderes políticos de diversas procedencias (ideológicas y geográficas) para solicitar la dimisión de Jerónimo Dijsselbloem (Jeroen René Victor Anton, es el nombre completo del personaje), ministro socialdemócrata holandés, actual líder del Eurogrupo, es decir, el cónclave de ministros de Economía de la Unión Europea.

El pecado del destacado dirigente europeo ha sido el de declarar en un diario de amplísima difusión europea (alemán) y notable predicamento entre las élites económicas, que los países del Sur de Europa se gastan el dinero que reciben de la UE en alcohol y en mujeres. La polémica desencadenada ha sido de campeonato y ya lleva casi una semana en circulación. Es la comidilla de toda Europa. Tras las acusaciones de “racista”, “sexista” y “xenófobo” y la consiguiente petición de disculpas y de dimisión (ninguna de las cuales ha llevado a la práctica, hasta el momento, el interesado) hay un indudable trasfondo político y hasta personal. El holandés, que no es un diplomático coherente, ha contestado a la ofensiva señalando que sus afirmaciones se deben al carácter directo de quienes practican la fe calvinista. Curiosa argumentación de un católico arraigado y tradicional.

En todo caso, tras la polémica sería hipócrita no reconocer el trasfondo político y de rivalidades cruzadas que subyacen en esta batalla dialéctica. Es bien sabido que el español Luis de Guindos ambiciona la plaza de Dijsselbloem desde hace bastante tiempo y que toda debilidad del titular es susceptible de ser aprovechada para moverle la silla. A De Guindos le atribuyen una intensa campaña de movilización en contra del holandés. De Guindos tiene credenciales de cierta consistencia, no en vano la economía española es quizás el modelo de más éxito en el entorno europeo, lo que no es sólo mérito de De Guindos, lógicamente.

Sea o no injusta esta atribución de intrigas palaciegas, no cabe duda de que el descrédito del político socialdemócrata holandés, al que ni siquiera sus propios correligionarios han apoyado en este rifirrafe, se lo ha labrado él solito, sobre todo porque no ha sido capaz (y oportunidades de hacerlo no han faltado) de aclarar bien sus desafortunadas manifestaciones. No se ha disculpado ni, por tanto, ha presentado su dimisión, como le requieren los más radicales, incluso los más interesados.

Cambiar a Dijsselbloem, holandés, del Norte, por De Guindos, español, del Sur, supondría un cambio de rumbo potencialmente importante en la Unión Europea. El holandés es un aventajado discípulo del titular alemán de Finanzas, Wolfgang Shäuble, posiblemente el político más influyente de Europa en los últimos diez años. La relación del español De Guindos con el todopoderoso ministro germano no es en todo caso distante sino, por momentos, bastante estrecha. Es probable que la silla del poderoso jefe del Eurogrupo se mueva, por lo tanto, en breve plazo. Otra cosa es que el ocupante sea De Guindos, opción complicada como ya se pudo comprobar hace unos meses, cuando el cargo salió a subasta y las tornas se juntaron para mantener al holandés en el puesto.