El desvarío de las previsiones

Las previsiones económicas no son una ciencia exacta. La escuela de negocios Esade ha tenido hace unos años la idea de comparar las diversas previsiones que se formulan cada año sobre la economía española con el crecimiento final, es decir, una comparación entre pronósticos y realidad. Los resultados no son brillantes en cuanto a capacidad de acierto.

La última muestra está en lo que pronosticaron los analistas de una serie de instituciones, nacionales y extranjeras, sobre el crecimiento del PIB para el año 2016. Las distancias son llamativas entre unos y otros pero, sobre todo, dos aspectos destacan por encima de los demás: nadie acertó y la realidad superó ampliamente los vaticinios del más optimista. El análisis de las desviaciones entre previsiones y realidad final podría servir para valorar la reputación y el prestigio de muchos analistas, con la constatación de que algunos de los más reputados no quedan bien parados.

En la cima de los optimistas se encontraba el Gobierno de la nación, con una previsión del 3,0%, que pocos se creyeron, por exagerada, a lo largo de los últimos meses del año 2015 y de buena parte del año 2016. A medida que nos acercamos a finales del año 2016, algunos fueron afinando, pero ni aún así. El PIB creció finalmente un 3,2% o, al menos, esa es la última evaluación ya muy cerca de resultar definitiva. Pues bien, el pronóstico del Gobierno español, el más optimista, se quedó por debajo de la realidad en dos décimas. No es mucho pero resulta relevante. Que un Gobierno muestre un optimismo excesivo sobre el futuro de la economía y sobre el impacto de las medidas que adopta no es atípico, pero lo que sí resulta peculiar es que la realidad supere estas optimistas previsiones oficiales.

Dos autoridades internacionales del calibre del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de la Comisión Europea se encuentran entre los que mayor desvío presentaron en sus previsiones. Mientras el FMI vaticinó para la economía española un crecimiento del 2,5%, los expertos de Bruselas plasmaron sus previsiones en un 2,6%, ambas por lo tanto a considerable distancia del 3,2% que resultó finalmente.

Tampoco resultó muy bien parado el prestigioso Servicio de Estudios del Banco de España, cuyos análisis económicos gozan de la más alta reputación, merecidamente por cierto. Pero los analistas del supervisor tampoco estuvieron finos a la hora de lanzar sus previsiones y los pertinentes consejos, ya que apostaron por un crecimiento del 2,7%, es decir, cinco décimas por debajo de lo que resultó al final.

Otros analistas e instituciones desparramaron sus previsiones por derroteros siempre alejados de lo que estaba sucediendo en la economía, incluso teniendo en cuenta que algunas de las previsiones se realizaron ya bien entrado el año 2016, cuando había pocos márgenes para la sorpresa, en un año en el que, además, los cambios fueron grandes en la vida económica internacional, pero su impacto no resultó siempre inmediato, caso del Brexit o de la victoria de Trump en las elecciones estadounidenses, acontecimientos de los que sí cabe esperar un impacto sustancial en la evolución de las economías durante el año en curso. En la medida en que algunos analistas incluyeron parcialmente este tipo de acontecimientos en sus análisis, lo que se puede deducir es que exageraron sus efectos negativos.