Perder competitividad

Las señales que están lanzando algunos sectores de la economía sobre la subida de precios resultan inquietantes. Hay varias razones para ello, no sólo la eventual activación de las demandas salariales sino la merma de poder adquisitivo de amplios sectores de la población y a la postre la pérdida de capacidad competitiva frente al exterior, un asunto bastante sensible no sólo por la vía de las exportaciones sino también, y de modo muy importante, por la potencial pérdida de atractivo que sufrirá el país en su vertiente turística. Una pérdida que puede afectar a los 70 millones de ciudadanos que nos han visitado el año pasado y que podrían repetir experiencia este año, pero que frenarían sus impulsos de gasto si se encuentran con un país cuyos precios se salen de la media europea para superarlos.

Las señalas de subidas de precios llegar por diversas vías, alguna de ellas la energética, no sólo por el encarecimiento del petróleo sino por la actualización de los costes del sector eléctrico de cara a los consumidores finales, es decir, los hogares y la industria. España es muy sensible a los precios del petróleo ya que nuestra estructura energética nos deja poco margen para eludir la escalada de precios energéticos cuando el petróleo repunta, como ha venido haciendo en los últimos meses y como amenaza s con hacer en el inmediato futuro, ya que los productores de petróleo parece que han empezado a tomarse en serio los compromisos de limitación productiva para forzar una subida de los precios de venta.

A los precios energéticos hay que sumar algunas incidencias puntuales que amenazan con presionar al alza el nivel general de precios debido a la inflación que trasladan los precios alimenticios. Las malas cosechas como consecuencia de las heladas y el impacto de la sequía del pasado verano en la calidad del aceite de oliva son factores que están reflejándose ya en subidas de algunos precios alimenticios, cuyos efectos se verán más claramente a medida que avance el año.

Por lo tanto, la inflación ha pasado de ser un compañero complaciente durante estos últimos años, que incluso hubo que estimular para que se acercara a cotas positivas y luego a niveles más acordes con lo que sucede en la Unión Europea, para convertirse en un peligroso inconveniente que puede mermar nuestra competitividad exterior. El hecho de pertenecer a una zona de moneda única nos ha beneficiado bastante en los últimos años, pero el disparo de los costes internos de la economía puede causar ahora un frenazo inconveniente en la capacidad exportadora del país.

Lo cierto es que la inflación española se ha encaramado a la zona más alta dentro de la Unión Europea y por encima de la media. La constatación del dato debería encender algunas alarmas, justo cuando algunos parámetros esenciales de la vida económica, como la negociación de los convenios colectivos, se encuentran en pleno centro del debate entre los agentes económicos. Echar leña al fuego inflacionista sería ahora una estrategia de alto riesgo para el conjunto de la economía, sobre todo si las negociaciones salariales dejan de lado algunas consideraciones esenciales, como la necesidad de reforzar la productividad o mantener las rentas de los sectores que tienen nula o escasa capacidad de negociar sus rentas.