La guerra de multas

En la guerra de multas que hay entablada entre Estados Unidos y la Unión Europea, los principales perjudicados están siendo a estas alturas las entidades bancarias europeas. Estos días le ha tocado a Deutsche Bank, el mayor banco alemán, auténtico símbolo de las finanzas y la economía del país más fuerte de la UE. La sanción que se esgrime contra la entidad es de notable envergadura si se compara con el tamaño de la empresa, ya que el valor de los bancos ha descendido de forma drástica en los últimos meses. El banco tendrá dificultades para hacer frente a esta sanción, cuyo importe es equiparable al propio valor de la entidad bancaria.

La multa que le han anunciado días atrás las autoridades judiciales estadounidenses, en torno a los 14.000 millones de euros, ofrece mucha similitud, en su cuantía, con la que Bruselas le ha impuesto hace poco a la multinacional Apple, por importe de más de 13.000 millones de euros. En el primer caso se trata sobre todo de compensaciones a los clientes bancarios en Estados Unidos del banco alemán por conductas inadecuadas durante la crisis financiera del año 2008. En el caso de Apple, se trata de una exigencia a Irlanda para que cobre a la compañía tecnológica un elevado importe por impuesto sobre el beneficio no pagado debido a las ventajas fiscales que las autoridades de Irlanda le han dispensado a la empresa de la manzana estadounidense. Esas exenciones fiscales no sólo causan perjuicios a los competidores de Apple que pagan impuestos como es debido sino a los contribuyentes europeos en general, ya que Apple suele dejar sin blanca a las Hacienda europeas con la excusa de que tributa únicamente (o principalmente) en Irlanda, en donde apenas le exigen tributos.

Se trata de un lío monumental porque estos dos protagonistas no son más que una muestra de los muchos afectados por multas y castigos fiscales a ambos lados del Atlántico. Los casos de empresas multinacionales que logran rebajar su factura fiscal en Europa son numerosos y en los últimos años han aumentado con intensidad preocupante, casi siempre con Irlanda y con Luxemburgo (también con Holanda) como cooperadores necesarios para eludir el pago de importantes cuantías de impuestos. También hay que decir que alguna empresa europea se ha visto involucrada en este tipo de traslado de impuestos a países de la zona euro más benevolentes, aunque nunca con la misma cuantía con que esto ha sucedido en el caso de las multinacionales estadounidenses, sobre todo las tecnológicas.

En el lado opuesto, la crisis financiera del año 2008 ha sido fuente de numerosas sanciones, la más elevada de las cuales han recaído en otra entidad financiera europea, BNP Paribas, aunque varios bancos de Estados Unidos han tenido que afrontar fuertes castigos por este mismo motivo.

La batalla que se libra a ambos lados del Atlántico con las empresas como rehenes de estos castigos, posiblemente todos ellos con base cierta, está sin embargo erosionando las relaciones económicas entre ambas partes, es decir, entre dos de las mayores potencias económicas del mundo, que tantas cuestiones tienen en común, aunque la competencia sea una disciplina cuya limpieza resulta necesaria para la buena marcha de la economía en ambos lados. Sería cuestión de ir pensando en un árbitro internacional que sea capaz de poner un poco de orden en las disputas entre empresas que operan en ámbitos multinacionales y cuyos países de origen representan culturas empresariales diferentes.