La utilidad del dinero barato

Después de la caída espectacular de los precios del petróleo, que tantos problemas ha creado a la economía mundial y a algunos países en particular, el descenso de los tipos de interés (incluso los tipos negativos) es el segundo problema más grave y de más difícil solución al que se enfrente al mundo económicamente desarrollado. Dos cuestiones que parecían beneficiosas para el mundo (petróleo a precio de saldo y dinero sin coste) han devenido en serios quebraderos de cabeza, con desbarajustes que resultan de difícil resolución y que en ocasiones crean más problemas de los que resuelven.

Por ejemplo, los tipos de interés negativos o en positivo pero cercanos a cero se han convertido, entre otras cosas, en un serio problema para el ahorro, una de las funciones básicas de la actividad económica, de la que se derivan los proceso de inversión y crecimiento. Los ahorradores no han estado tan carentes de estímulos en tanta medida como en la actualidad. El ahorro ha tenido muchos obstáculos para consolidarse como función básica de la economía, como la elevada fiscalidad de la acumulación o la incertidumbre de la evolución económica. Pero con una remuneración tan exigua como en la actualidad, ahorrar se ha convertido en un suplicio. Quien quiera vivir de sus ahorros tendrá que ahorrar mucho más para generar rentas futuras, lo que no resulta fácil ni posible para muchos de los que creen sinceramente en la virtud de esta variable económica que es la acumulación de patrimonio para mejorar la seguridad en el futuro.

Todavía se trata de un fenómeno muy reciente, al menos en Europa (en Japón ya transitan por este sendero desde hace unos años) y, por lo tanto, no se pueden establecer valoraciones muy precisas sobre el mal que está engendrando algo que en sí mismo parecía bueno, como es el dinero barato. De momento, con el dinero tan barato no se han acelerado los procesos de inversión, que era una de las reacciones esperadas por los bancos centrales cuando optaron por adoptar medidas de estímulo económico abaratando el coste del crédito. No está aumentando el crédito como se esperaba e incluso continúa tan anémico como en plena crisis económica. Entre otras cosas porque los que tienen que dar créditos, los bancos, no encuentran en esta función un estímulo suficiente para ganar dinero, habida cuenta de los bajos precios en los que se está moviendo la actividad crediticia.

Hoy en los bancos hay un serio problema de rentabilidad derivada del bajo coste del dinero, que está poniendo en dificultades a muchas entidades financieras, embarcadas en un proceso de ajuste de gastos que no tiene parangón en la historia del sector. Un informe dado a conocer hace días señala que la banca española aún tendrá que prescindir de un tercio de sus oficinas en los próximos años, después del enorme ajuste realizado en los últimos ejercicios. En pocos años, la estructura de sucursales de los bancos se habrá reducido a la mitad y sus empleados habrán desaparecido camino de la jubilación en un alto porcentaje, superior al 50%. Todo ello como respuesta no sólo a la reducción de la rentabilidad crediticia sino a la irrupción de la tecnología en los procedimientos típicos de la actividad en la banca minorista, es decir, la banca orientada a los particulares y a las empresas medias y pequeñas. El dinero barato está trayendo más problemas e inconvenientes que estímulos a la economía.