El desánimo de los inversores

En los últimos días han aparecido  varias encuestas de entidades solventes (el banco de inversión  JP Morgan o la consultora PwC) cuyos veredictos resultan coincidentes en señalar  un debilitamiento de las expectativas económicas en España.  Ya lo habían señalado hace una semana los analistas del FMI, en su caso como resultado de sus propios análisis, no de encuestas de opinión entre agentes económicos. La  conclusión generalizada es la de que el crecimiento se  está desacelerando y para ello hay  explicaciones que provienen  den primera instancia de la desaceleración económica mundial, que llega a España por la  vía de una menor contribución de las exportaciones españolas e al exterior.

Pero los últimos análisis afinan un poco más y  ya es posible  detectar motivaciones mucho más centradas. Los inversores  tiene tras motivos para afrontar en estos momentos el futuro con cierto pesimismo: la incierta situación política española, la frágil trayectoria de la economía global  y los riesgos de una crisis en la economía china y en algunas otras zonas de Asia. Otra de las encuestas de estos días dice que en los próximos meses seguirá creciendo el consumo  pero que la inversión está ahora mismo paralizada o en estado de debilidad manifiesta  y que las exportaciones no van a participar en un impulso alcista en el crecimiento de la economía, con la  única salvedad de la inversión en vivienda, que sí ha reaccionado al alza  y de momento se ha convertido en un  aliciente para que algunas economías familiares logren mejorar su posición económica al disponer de mayor  liquidez, ya que el auge de las viviendas  de segunda mano indica que  hay cierta fluidez en el mercado secundario.

De todos los elementos que se barajan en estos diagnósticos y encuestas, la debilidad en el crecimiento económico internacional es desde luego un dato importante y de gran influencia, ya que no  cabe pensar en un crecimiento autónomo de la economía española cuando nuestro entorno, tanto europeo como global,  caminan por derroteros menos favorables.  El frenazo de la inversión, en la medida en que se deriva directamente de la parálisis política que padece el país, es un inconveniente que tendrá efectos negativos a medio plazo sobre el empleo  y sobre la propia inercia del crecimiento.

Pero  el frenazo que se percibe en la toma de decisiones en lo que atañe a la economía española  no llega precisamente en el mejor momento, ya que España contaba con algunos elementos favorables para  seguir aprovechando  los vientos de cola que nos estaban  impulsando últimamente. Uno de ellos, el espectacular rebote de la actividad turística,  que    proporciona ingresos  anuales que a estas alturas ya quisieran para sí algunas de las grandes potencia petroleras mundiales. Otro de ellos, el  provechoso equilibrio de nuestra balanza comercial, en la que han caído con fuerza los gastos por importaciones energéticas a causa del derrumbe de los precios del petróleo. Un tercer factor favorable es indudablemente  el de los bajos tipos de interés, que están abaratando la factura presupuestaria española y el desenvolvimiento de muchas actividades que han visto cómo los costes de financiación se reducían a mínimos históricos. A todo ello hay que sumar la fuerte caída de la deuda de las empresas españolas, que eran hace cuatro años las más endeudadas del ámbito de la UE y que ahora se han situado ya a niveles medios dentro de la Eurozona.

Con todos estos vientos a favor y si la economía no tropezase  con las secuelas de la paralización política, el  país podría encontrarse ahora mismo en una situación envidiable para reducir drásticamente la tasa de paro en un periodo  bastante aceptable, quizás dos o tres años.  Por desgracias, este horizonte no va a ser posible y lo más triste de todo ello es que depende exclusivamente de la voluntad de los políticos españoles.