El déficit todavía era peor

El dato definitivo del déficit público español (o casi definitivo) supera las peores expectativas. Hay motivos para la preocupación, para el enfado y hasta para la exigencia de responsabilidades. En Bruselas echan las muelas. No es para menos, ya que el desvío sobre los objetivos iniciales había sido anticipado el pasado otoño y desdeñado por las autoridades españolas con el argumento tergiversado de que se trataba de una estratagema de los socialistas franceses para influir en el proceso electoral español.

Ahora resulta que aquellas prevenciones formuladas por los expertos de la UE estaban plenamente fundadas Podía haber política en las valoraciones, pero sobre todo había cifras. Y bien fundadas. Se han quedado, incluso, bastante cortas, ya que el déficit del 5,2% sobre el PIB rebasa con mucho el 4,5% sobre el PIB que se temía hace unas semanas y desde luego el 4,2% que se había estipulado en su momento.

A la hora de la verdad, las Autonomías han aplicado políticas expansivas irresponsables que han elevado el déficit en casi un punto del PIB, hasta el 1,66%, cuando su límite estaba en el 0,7% del PIB. El Gobierno también ha hecho sus chapuzas con las cuentas de la Seguridad Social, sobreestimando unos ingresos que no se han cumplido y que elevan el déficit de este organismo hasta el 1,26% del PIB frente al 0,6% previsto. Son palabras mayores, ya que estos desfases implican un desajuste de más de 10.300 millones de euros que habrá que arañar en el próximo futuro. ¿Cuándo? No deja de resultar indignante que España tenga que afrontar esta situación cuando presume, y con razón, de ser la economía más boyante de la UE, con crecimientos del PIB por encima del 3%. ¿De qué nos ha servido esta aceleración en el crecimiento económico? Asusta pensar lo que hubiera sucedido sin un crecimiento del PIB tan espléndido y sin unos tipos de interés tan bajos como estamos teniendo ni con la bonanza del precio del petróleo como factor de estímulo económico.

Desde luego, la papeleta que se le presenta a los nuevos gobernantes es de envergadura ya que si para algo no está España en estos momentos es para recetas y políticas populistas, que son las dominantes entre los grupos y partidos políticos que se disputan la formación del nuevo Gobierno. Las tareas para la formación de una nueva mayoría parlamentaria que sustente a un Gobierno sólido que tome el relevo de Mariano Rajoy posiblemente no estaban teniendo en cuenta los límites que acaba de imponer la nueva realidad presupuestaria española, ya que Bruselas no se va a quedar con los brazos cruzados y le recordará al próximo Presidente del Gobierno, sea el que sea, y con la mayor premura, un ejercicio de corrección del rumbo.

Los nuevos gobernantes tendrán que emprender cuanto antes el camino de Bruselas y ver cómo negocian la aplicación de un duro ajuste, en unos momentos en que desde diversas instancias internacionales se da por terminada la estrategia de ajustes fiscales y cuando se empieza a predicar la necesidad de políticas flexibles en el tratamiento de los déficits. ¿Podrá beneficiar a España esta nueva oleada de beneplácito cuando acaba de presentar unas cifras malas sin paliativos, que han vulnerado abiertamente los compromisos adquiridos? Será difícil de negociar una moratoria o una terapia benévola para el tratamiento de nuestros males presupuestarios y fiscales, no sólo porque en Bruselas existe la sensación de que el Gobierno de Rajoy ha engañado deliberadamente a la UE sino porque el grado de descontrol presupuestario que existe a nivel autonómico y la deficitaria situación de la Seguridad Social y del sistema de pensiones ponen en serio peligro el futura crecimiento del país.

Rajoy le deja un plato envenenado a su sucesor. Ser Presidente del Gobierno español en estos dos próximos años, aunque las apariencias no lo dejen adivinar todavía, va a ser un plato difícil de digerir.