Europa, un complejo atasco

Estos días festivos ha pasado algo desapercibida la nueva previsión que acaba de formular el Banco Central Europeo (BCE) para la economía zona euro en el año 2016, en la que se rebaja nada menos que en tres décimas, hasta al 1,4%, el crecimiento previsto para el PIB. Es un importante recorte ya que equivale a casi una quinta parte de lo que se esperaba. El menor crecimiento se espera también para el año 2017, un 1,7% cuando hasta hace poco rozaba el 2%.

La razón que se esgrime como principal de estos recortes se debe al empeoramiento de las perspectivas de crecimiento en los países emergentes, en especial en China, en Rusia y en Brasil, tres economías que representan una importante porción de la demanda de exportaciones europeas.

Pero esto es sólo una parte de la explicación más adecuada, ya que la propia economía europea presenta rasgos de anemia que se pueden atribuir al frenazo en algunas reformas que se estaban activando para acelerar la integración de los mercados europeos. En particular, la Unión Bancaria sigue atascada y en algunos países se han congelado algunas reformas por razones primordialmente políticas, ya que los movimientos populistas, que han emergido con fuerza en algunas economías de la zona, han puesto en tela de juicio la necesidad de las reformas que vienen predicando los expertos. Unas reformas que buscaban ante todo mejorar la productividad de la economía europea. Tampoco se han engrasado algunas de las iniciativas que había lanzado el actual presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, como el plan de inversiones a escala comunitaria, de resultados manifiestamente insuficientes y con escasa simpatía en algunos de los grandes países de la zona.

No parece que ninguno de estos dos obstáculos a la expansión europea (débil crecimiento en las economías emergentes y avance de los movimientos políticos populistas) vaya a desactivarse en el inmediato futuro, por lo que tendremos en Europa tasas de crecimiento muy alejadas de nuestro potencial y posiblemente de la que estará alcanzando en este mismo periodo la economía de Estados Unidos, con expectativas de crecimiento más próximas al 3%. La anemia económica europea se verá asimismo afectada por factores adicionales, como la crisis de los movimientos migratorios y el impacto de los atentados terroristas.

En Europa sólo se han escuchado voces urgiendo a la acción al Banco Central Europeo, que es posiblemente el único estamento comunitario en donde se pueden esperar respuestas más o menos efectivas apretando un botón. Pero, por desgracia, la efectividad de las medidas monetarias no está siendo todo lo relevante y eficaz que se deseaba y que se había pronosticado. Más aún, la proliferación de medidas monetarias destinadas a abaratar los costes financieros y a universalizar la liquidez hasta extremos temerarios amenaza ahora con crear problemas adicionales. Uno de ellos, y no el menos importante, es el inquietante horizonte que ha abierto al sector financiero, en donde los números no cuadran, ya que en un entorno de tipos cero o negativos, el papel de la intermediación financiera queda severamente alterado. Aún más, la utilización intensiva de instrumentos monetarios para sacar a la economía europea del marasmo tiene un grave defecto: si fracasa, el BCE se queda sin más municiones para intervenir en la economía. Esa es por desgracia la situación a la que ha conducido el activismo posiblemente excesivo del BCE.