El Estado y la papeleta de Abengoa

La crisis de Abengoa ha hecho saltar las alarmas intervencionistas, las preguntas sobre lo que ha de hacer el sector público ante una crisis de envergadura, que afecta a una empresa española depositaria de una excelente imagen internacional y hasta con un importante marchamo de avanzadilla tecnológica, en un país que cuenta con pocas bazas en tecnologías avanzadas. Está además el componente geográfico, ya que Abengoa es pieza básica de la industria y la economía andaluzas, en especial sevillana, no sólo por el rancio abolengo de las familias aristocráticas que han puesto en marcha esta empresa hace más de medio siglo sino porque la compañía contribuye de forma muy activa al nivel de empleo, y empleo de alta cualificación, en una región en donde las tasas de paro son más que altas, entre las más altas de la Eurozona en regiones de alta población.

¿Tiene que actuar de alguna forma el Gobierno, meter dinero, hacer gestiones, mover hilos, presionar a los bancos? El abanico de opciones es amplio aunque la época electoral en la que se desarrolla la crisis de esta empresa obliga a los contendientes a ir con pies de plomo, ya que una intervención con dinero público chirría (más aún a la vista de las millonarias indemnizaciones que acaban de recibir algunos de sus directivos, gestores de esta empresa y responsables de haberla llevado a donde está) y mantenerse de brazos cruzados no parece de recibo.

Quizás nadie, o casi nadie, piense en una nacionalización pura y dura. El Estado ya no tiene ni la liturgia nacionalizadora ni los instrumentos de antaño, aunque esto sería lo de menos, ya que lo que hace falta es cierto importe financiero y sobre todo respaldo y garantía frente a los acreedores. Nadie ha dicho que Abengoa sea un fiasco tecnológico ni que tenga malos productos. Todo lo contrario. Es una empresa incluso modélica en lo suyo, sólo que ha crecido muy deprisa y no se ha financiado bien, además de ser gestionada con estilo que califican de autoritario, asunto que se pone sobre la mesa cuanto las cosas van mal, pero rara vez cuanto funcionan a las mil maravillas. Abengoa no ha hecho más que recibir encargos serios que sólo se la asignan a empresas capaces. En Estados Unidos es toda una potencia, tanto que el propio presidente de la nación más avanzada del mundo puso a esta compañía española como ejemplo de buen hacer. ¿Hay muchas empresas no americanas que lo hayan conseguido? No digamos empresas españolas.

Argumentos para algún tipo de apoyo los hay. Y con fundamento, siempre que la empresa tenga la capacidad de regenerarse en su estructura directiva (ya ha empezado a mover fichas), remover a los gestores que han conducido a este estado de cosas y corregir algunos excesos fuera de toda conducta de buen gobierno, como las altas remuneraciones e indemnizaciones para quienes han conducido a la crisis. Las autoridades autonómicas más involucradas en el asunto (Andalucía, bajo Gobierno socialista) no dejarán pasar la oportunidad porque las va mucho en la supervivencia de Abengoa y pueden perder bastante en un estado de crisis, que provoque daños irreversibles en el tejido industrial y económico andaluz. El Gobierno de la nación también tiene bastante que decir, aunque aparente tirar balones fuera por eso de la campaña electoral, pero también es al tiempo damnificado y beneficiario de lo que resulte al final con esta compañía, a la que quizás le venga bien oportuno ese estribillo que se ha manejado tanto en los últimos años a propósito de las entidades financieras de primer orden, “demasiado grande para caer”.

Instrumentos y medios para enderezar esta crisis los tiene en cantidad suficiente el Gobierno y no estaría mal que hiciera un uso inteligente de ellos, contando desde luego con el apoyo de algunas ramas del mundo político, como los socialistas andaluces y algunos otros grupos políticos que harían mal en sacar provecho de un apoyo público que, puesto en su justo término, podría ser justificable.